22 de marzo de 2014
Pronósticos agoreros, gente que
se desapunta, valientes que no temen al agua. A la costa volvemos. La ruta que
tenemos por delante es corta pero tiene el aliciente de ver toda la costera de
Lastres. Empezamos donde lo dejamos el año pasado, junto al chiringuito de la
playa. Que contraste con el verano. En este día sólo estamos nosotros dando
vueltas por el arenal.
Salimos por el final de la playa.
Hay un estrecho corredor por encima del acantilado. Casas que caen directamente
encima de la playa con poco respeto del espacio público. Los temporales de mar
han hecho de las suyas y el acantilado se ve muy golpeado. El tránsito se ha
convertido en casi peligroso. Superada la primera línea de casas salimos a
espacio abierto. La sucesión de recortados cantiles es continua. Muchos han
servido de trampolín para el embravecido temporal y la fuerza de este se deja
sentir en los muros caídos y con sus piedras a mitad del prado. Descendemos por la desembocadura de un río por
un arenal no muy seguro. Es que este es un grupo de montaña y necesita laderas
descendentes hasta en la calle Uría. Al arenal de La Isla. Todo bien marcado
pues es el camino de Santiago por la costa.
Después llegamos a la primera
punta con buen mirador marino. Algunos siguen por la playa hasta escalar las
rocas del fondo y jugársela con la creciente marea. El buen camino es cada vez
más ancho y se mete al bosque con una larga subida entre eucaliptos. Todo lo
que se ha subido hay que descenderlo por el otro lado. Vamos en un sol y sombra
continuos, amaga lluvia, pero no se resuelve a caer. Atravesamos el sendero que
lleva a la Griega. Algunos bajan al mirador recorriendo toda la playa. Otros,
los más, saltamos a la carretera, más cómoda ahora que amaga el orbayo.
Entramos en Lastres justo cuando empieza a caer agua. Refugiados en un bar nos
mojamos sólo por dentro.
Cuando salimos ya está
prácticamente seco. Atravesamos Lastres por la carretera general. Las casas dejan
rincones muy cuidados en este televisivo pueblo. Subimos hasta las antenas y la
capilla que dominan el pueblo. Descendemos por el otro lado siguiendo en
dirección a Luces. Atravesamos varios barrios de Luces, se hace algo pesado
este caminar por asfalto. Por fin salimos más a campo abierto. El autocar viene
a buscarnos mientras seguimos un par de kilómetros más para llegar a la punta
del Faro, que está sobre un acantilado alto y muy vertical. No sé por dónde
seguiremos el año que viene. Desde luego por el acantilado no creo.
Como el autocar se ha acercado
damos por terminada esta agradable ruta, soleada a ratos, ventosa casi siempre.
Comemos en un bar restaurante delante del instituto de Luces. Ha salido muy
bien, los del miedo al agua se lo perdieron.
El sábado que viene tenemos uno
de los grandes: por fin llega la montaña, el Carriá nos espera. Larga subida
desde Puente Pombayon y largo descenso a Vega de Cien. Ruta muy montañera de
las que enganchan.
FRESINES
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