5 de abril de 2014
Vamos al Ferreirua, ¿cuánta nieve
puede acumular?. Sólo hay una manera de saberlo. Subimos Ventana. Los Huertos
están muy cargados. La Ubiña escondida entre nubarrones. En teoría hoy va a
hacer muy malo ¿nos libraremos también esta semana?
El comienzo lo tenemos en
Torrestío. Subir por el Camín de la Mesa hasta un cierto punto en el que
retrocedemos hacia atrás siempre subiendo. Aquí ya pisamos nieve. ¿Cuánta?
“Algo más de un metro escaso”, dice Javier que dijo el gallego. ¿Lo entendeís?
El caso es que nieve hay. Saltamos por encima del arroyo casi invisible. El
aspecto del Morronegro es terrible. El Ferreirúa de momento no es más que una
silueta afilada y algo lejana. Llegamos a la Collada Refuexo. Es un sitio
interesante. La vista de los montes que rodean el Boquerón de Ventana es muy
admirable.
Un grupo de cinco decide bajar.
Los demás atacamos collado arriba para buscar la siguiente colladina que está
casi empotrada en la temible ladera. El Ferreirúa ha decidido no mostrar
ninguna cara amable, más bien lo contrario. A pesar de todo atacamos. Manuel,
Miguel, Hugo, Clemente, Emilio y Carrete, lo quieren hacer difícil de verdad y
emprenden la subida por toda la arista, trepando por la húmeda y helada
cuarcita. Tienen buenos agarres, pero a pesar de todo arriesgan. Angel con el
resto emprende el camino más lógico que es avanzar al este para atacar por la
ladera más fácil. Es un camino más largo pero infinitamente más seguro. Se
trata de evitar sobre todo el fondo del valle que tiene una profunda capa de
nieve.
La subida es bastante agotadora,
especialmente para el primero. Hay que darle duro a las piernas para superar
los hoyos, los resbalones, las piedras ocultas. Subimos con fuerza pero la
montaña logra atemperarnos. Por fin estamos en la ladera misma de la montaña.
El avance es más lento porque todo está sembrado de profundos hoyos que comen
piernas enteras.
A golpe de bastón y con buena
decisión llegamos a la cumbrera. Quien más y quien menos resbaló más de una
vez. (Hasta Silvio, ¡oigan!). Salimos a la primera cima que parece incluso más
alta que el propio pico. Para llegar a él hay que atravesar un estrecho corredor muy afilado y con gran patio en sus
dos aristas sobre todo en la Norte. Mejor no mirar para abajo. Terminado el
corredor, una breve trepada en la roca nos sitúa en la cima donde están
esperándonos hace rato. Hacemos un par de fotos rápidas. Y nos vamos con prisa.
Yo no quisiera estar aquí más tiempo porque estamos en una especie de isla
meteorológica rodeados de densos nubarrones que ya están descargando hacia
Teverga, y hacia el lejano Estorbín. Durante un ratito vemos la Ubiña, y Peña
Saleras. Bajamos.
La bajada con esta nieve es mucho
menos complicada que la subida. Ya suponéis, nieve primavera, nieve que acolcha
las pisadas. A cambio un aguarón en cada bota. Creo que no se libró nadie de la
terrible humedad en los piés. Casi estamos llegando a la colladina segunda
cuando una llamada de teléfono (¿dónde estaban hoy los walkies, Fernando?) nos
avisa que Lito, Javier Lavín y otros dos están en apuros en una ladera y no
aciertan a pasar. Aceleramos el paso, en la medida que se puede, al tiempo que
se nos acelera también el corazón. Creemos poder llegar a Refuexo en un cuarto
de hora que en la realidad se convierte en media hora. Desde aquel alto vemos a
todo el grupo (rescatados y rescatadores) en un grupo compacto abajo. Llega el
aviso telefónico descafeinando la alarma. Parece que subieron más de la cuenta
y por evitar un pala de nieve se metieron en una ladera inclinada por la que no
se atrevieron a bajar hasta que llegó Cris a hacerles una huella en escalones. Un
veterano rescata a otros dos. Bien por la experiencia.
Ya reunificado el grupo, menos
Manuel y Hugo que gozan de mucha prisa, empezamos la segunda parte de esta
aventura. Y aventura es porque nos estamos metiendo en la bajada a La Puerca
por el río Ortigosa. ¿Habéis cruzado esta riega en verano? Un juego de niños,
pero tal como está hoy hay que pensárselo antes de saltar. El río baja por el
camino, el camino se ha convertido en río, todo se ha confabulado para hacernos
el paso más bien dificultoso: primero una cascada que sale por la derecha,
luego una serie de escalones que sobre el lecho de roca ha descubierto el río
dificultando la pisada. Luego hay que descender por un pequeño barranco
resbaladizo, los escayos se encargan de hacerlo todo complicado. Es agotador.
Habrá que reconocerlo, perdimos el camino que debe ir por el otro lado del río.
Seguimos bajando. “La gran
muralla de vegetación, una exuberante masa de troncos…”, describe Conrad, y es
que la infinita curiosidad de enfrentarse a lo desconocido, de luchar contra la
Naturaleza virgen hace valorar más la gratuidad y la inutilidad de nuestro
considerable esfuerzo. Por fin damos con el camino. El bosque no deja de ser
digno de toda nuestra admiración. Las hayas más nudosas que hayamos visto
nunca. Todavía hay que sortear los troncos de una altísima haya caída a golpes
de temporal. El camino se hace más liviano, saltamos a la pradería, por
acortar, y volvemos al camino cien metros más abajo. Estamos junto a la
carretera del puerto. A ella salimos bajando un kilómetro y pico que nos vale
para comentar las incidencias del día y cómo uno puede meterse en un embolado
en un momento y LO IMPORTANTE ES QUE EL
GRUPO, TODO EL GRUPO, ESTÉ PENDIENTE DE ACUDIR DONDE HAYA PROBLEMAS PORQUE ESTA
ES LA PRINCIPAL GARANTÍA DE NUESTRA SEGURIDAD Y EL TRIUNFO DEL COMPAÑERISMO.
El día 12 la ruta que nos marca
el calendario es la del Canillín. La subida la empezaremos en Cenella para
atacar casi mil metros hasta el Collado Ordes y desde ahí descender al
Canillín. Luego bajaremos hasta Puente Vidosa. Recordad la subida que hace dos
semanas veíamos desde el Carriá. Otra emocionante aventura nos espera.
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