Las tierras de Lena nos acogieron con un día espléndido. El sol brillaba con una preciosa luz sobre la caliza de las Ubiñas, cuando llegamos a Tuiza de Arriba. A pesar de ser solo las 9,30 de la mañana, ya había varios coches en el nuevo aparcamiento, al lado de lo que dicen va a ser algún día el centro de interpretación de las Ubiñas. Decir antes que nada, que el tema principal en el autocar, fue el de la reciente operación de nuestro compañero Adolfo al que deseamos una pronta recuperación, para poder sentir su compañía lo antes posible.
¡¡ Animo, Dolfo, y a por ellos !!
Salimos del aparcamiento por el camino que pasa sobre él, con dirección este y enseguida dejamos a nuestra izquierda la fuente que tanto agradecemos en los retornos a Tuiza. Seguimos el marcado camino que atraviesa los prados, cruzando hasta tres portillas que encontramos cerradas y dejamos de igual manera, y bajo las amenazantes y pindias laderas que descienden del Siegalavá. El camino se convierte en sendero y comienza a subir con dirección inequívoca, hacia el collado El Visu, a los pies de la Peña el Castiello, y desde donde tenemos unas estupendas vistas del valle que acoge a Tuiza y asciende hasta las vegas del Meicin para auparse a la emblemática Peña Ubiña. Alcanzado este punto, dejamos el camino que sigue de frente, por los Puertos de la Cruz en dirección a la Vega La Forcá y tomamos el que más a la izquierda, continúa en suave ascenso, dirigiéndose a la Peña Foxón, inconfundible con sus penachos de caliza amenazando con clavarse en el cielo. Por un antiguo camino, La Calear, sobre la falda de la Peña Foxón, vamos rodeándola hasta desembocar en un apacible valle, la Vega el Forcau. Aquí volvemos a dar vista a la amenazante ladera del Tapinón y nos hacemos una idea del camino que tenemos por delante.
Cruzamos el valle en el que vemos un lago artificial y con dirección noroeste, comenzamos la dura ascensión al Tapinón por los Camparones. Diremos que no hay un camino definido para la subida y por ello iremos buscando los mejores pasos, muchas veces los del ganado que pasta en estos lares. No es difícil la ascensión, aunque si que es dura. Todo es cogérlo con paciencia y poco a poco vemos como vamos ganando altura. Nuestra cumbre es la que se encuentra más a la izquierda de las dos que vemos, por lo que dirigiremos nuestros pasos al pequeño collado que se forma entre ellas.
Después de unas cuantas patadas, alcanzamos nuestro objetivo y nos situamos junto al buzón de cumbres del Tapinón. Su cara noroeste es una espeluznante caída en vertical sobre las Hoyas de Siegalavá. Una preciosa vista del Chegu y de los Puertos de Agüeria nos compensa del esfuerzo realizado. El día es estupendo y las vistas majestuosas. Cerca de nosotros, continuando por la sierra en dirección oeste, se encuentra el Siegalavá y mientras que llega el resto del grupo, nos acercamos a ver sus desventíos. Las cortadas a nuestra derecha son espectaculares y acongojantes. En un punto determinado en el descenso hacia la cresta de unión con el Siegalavá, una inscripción nos advierte de los peligros que podemos encontrarnos. No vamos más allá. Contemplamos la redondeada cumbre tan cerca pero tan lejos y disfrutamos por unos minutos de las vistas de todo el Macizo de Ubiña: Rueda, Huertos del Diblo, Prau, Fontanes, Castillines y las inconfundibles siluetas de Ubiña la Grande y Ubiña la Pequeña.
Es un deleite este mirador y no apetece nada iniciar el descenso, pero aún nos quedaba ruta y tras más de una hora de permanencia en la cumbre, comenzamos a bajar, haciéndolo por la cresta en dirección norte, hacia la Collada del Trave, poco antes de un pequeño lago que se ve más abajo.
Ahora es cuando entenderéis el título de esta crónica. El descenso es sencillo aunque empinado, pero cosas bastante peores ya anduvimos. Mientras los más rápidos descendían, Carrete buscó un paso un poco más a la izquierda para seguir por la cresta y llegar un poco más cerca del collado señalado. La ladera, igual que por la que habíamos subido, es de hierba y piedras sueltas. Entre la inclinación, la confianza y las piedras sueltas, Carrete tropezó y bajó rodando hasta que una piedra impactó con su cabeza parándolo. Creo que no hace falta que os explique la tensión de ese momento. Yo que le seguía no era capaz ni siquiera a gritar. Cuando vi que se paraba corrí a su encuentro para comprobar las lesiones que tenía. Un hilo de sangre bajaba de la coronilla. El impacto con la piedra le produjo una pequeña herida en la cabeza y varios rozones y magulladuras. Pero se encontraba bien. Asustado pero bien. María, que bajaba un poco más atrás, se hizo cargo del herido, dando muestras de su gran profesionalidad. Rápidamente se montó el “quirófano” y dos puntos de sutura evitaron que la solitaria neurona de Carrete escapase del abierto recipiente. Unas gasas y esparadrapos, estuvieron a punto de convertirlo en una momia. Después de unos instantes de nerviosismo contenido, se fue relajando y enseguida comenzó a ser el Carrete de siempre: hablaba y comenzaba a despotricar. Carrete ya está curado.
Por la manera que empleo en el relato, os podéis dar cuenta que aunque el susto fue muy grande, las consecuencias fueron pocas. Ayer hablé con Carrete por la tarde y me dijo que se encontraba bien y sin problemas tras la visita que hizo al servicio médico cuando llegó a Oviedo el sábado. Todo quedó en una anécdota sin más, aunque realmente pudo haber sido mucho más grave. Lo que nos hace comprender que no debemos relajarnos en ningún momento. En el lugar más insospechado podemos tener un tropezón que nos causa un accidente importante.
Pese a la notable recuperación del herido y haciendo caso omiso de su empeño en continuar la ruta, decidimos volver por el mismo camino por el que habíamos subido y retornar a Tuiza, dejando para otra vez, el resto de la ruta que teníamos prevista. Avisamos telefónicamente el resto del grupo que no se habían enterado del percance y también ellos decidieron dar la vuelta y todos juntos llegamos a Tuiza, donde comimos, en el emblemático bar del pueblo y pudimos constatar más firmemente la mejoría del herido al comprobar que en ningún momento había perdido el apetito y vimos como daba buena cuenta de las viandas que portaba y de las que pululaban por encima de la mesa.
Una ruta con anécdota para contar a nuestros nietos tras un magnífico día en el que a pesar de todo, pudimos disfrutar de un rincón incomparable.
Bueno, como muchos ya sabéis, estoy a punto de coger las vacaciones, por lo que durante unas cuantas semanas no saldré de monte y tampoco haré ninguna crónica. Seguramente que el blog quedará paralizado durante este tiempo, salvo que Jorge se decida y comience a mandarnos alguna cosa. Tampoco estaré para tomar nota de quien esté interesado en hacer las próximas rutas, por lo que para apuntarse a partir de hoy, debéis llamar a Lito a los teléfonos 985 78 67 75 ó 669 18 95 69 o bien a Jorge al teléfono 680 35 84 04. La ruta para el próximo sábado es:
Torrestío (1.360 m) – Collado la Corona (1.816 m) – Pico Ferreirua (1.976 m) – Collado Las Navariegas (1.753 m) – Braña de las Navariegas (1.590 m) – Cascada del Xiblo – La Focella (1.070 m) – Páramo (830 m)
La ruta es muy bonita y sencilla y parece que el tiempo va a acompañar. No dejéis de hacerla. Espero que lo paséis muy bien estas próximas rutas y hasta la vuelta.