Gracias a la persistencia del anticiclón, los augurios meteorológicos para el día 21 eran halagüeños y por la pinta que tenía el amanecer parecía que se presentaba un buen día de montaña. Y así fue.
Variamos un poco la ruta a causa de que el autocar de 55 plazas no puede entrar en Aballe y por eso iniciamos la ruta en Caño, cruzando el río por el puente sobre el que transita la carreterita que se dirige, al igual que nosotros a Andrín.
Unos buenos repechos que nos sirvieron para ir abriendo boca, pensando en lo que nos esperaba. Gracias a la carretera y a que la temperatura era agradable, cubrimos el desnivel hasta Andrín sin mayores problemas y casi sin sudar. Andrín es un pequeño y coqueto pueblo de amables moradores y con unas vistas de ensueño. Pronto, entre la niebla que trataba de disiparse, iban apareciendo las recortadas siluetas del Carria, Pierzu, Cantu Cabroneru y Beza y por fin, como haciéndose de rogar, la inconfundible silueta de la Torre de Santa Maria con las Cebolledas.
Abandonamos Andrín donde finaliza la carretera, y seguimos por una pista que sigue ascendiendo entre prados y pequeños bosques, dejando algunas cabañas a ambos lados. Pasamos junto a los restos de una cabaña de piedra donde una amable mujer del pueblo nos había dicho que deberíamos seguir en ascenso, pero no nos dimos cuenta y continuamos por un sendero en la misma dirección que llevábamos. Más tarde nos dimos cuenta que teníamos que haber seguido otro sendero casi perdido, que ascendía junto a la cabaña a nuestra derecha. Pero el caso es que seguimos de frente hasta la altura de un collado, Camperina de Coroña, que dejamos a nuestra izquierda. Aquí el sendero casi desaparece y optamos por ascender por la dura ladera de nuestra derecha, sin camino definido entre las gorbizas.
La ascensión se hace penosa a pesar de que un sendero del ganado nos va guiando casi hasta la cumbre, desde la que contemplamos, abajo, en la otra vertiente, el lugar por el que debíamos haber pasado, el Collau les Espines. Pero lo que si teníamos claro es que nuestro próximo objetivo se encontraba ya cerca. A nuestra izquierda, sur, teníamos el Pico Caxigu al que accedimos traspasando la cuerda que nos unía a él.
Desde esta atalaya la vista se abre y aparecen el Tiatordos, Maciedome y la Llambria. Y al este, medio cubierto por la bruma y la mala situación de la luz del sol, el pastel de merengue que hoy es el Cornión. Bajo nosotros, al sur, La Fresneda y un buen número de apretados retales verdes con su cabaña correspondiente. Por el oeste, al otro lado de una profunda y bonita vallada, el cordal por el que pasaríamos unas horas más tarde, en el que reconocíamos el Pico Cormelón al sur, seguido de la Cruz de Fanu y más a la derecha el Cogolla. Un bonito paisaje que nos acompañaría durante toda la ruta.
Tras las consabidas fotos y luego de dejar la tarjeta de cumbres, continuamos camino descendiendo un poco hacia el Jorcau Caxigos dejando el Cantu la Muezca y el Cantu de Dobros a nuestra izquierda. No se si hubiese sido mejor seguir por la cumbrera de estos dos cantos, ya que la ladera por la que transitamos era sumamente inclinada, lo que nos obligó a caminar con muchas precauciones, haciendo más lenta la marcha.
El caso es que alcanzamos el Collado Tebrandi, al decir de los lugareños o Trebandi, como lo nombra el Mapa Topográfico Nacional. Un marcado sendero por la ladera norte del Cerro Espino y por la sur del Canto Tebrandi, nos permite llegar al Collado Cormelon sin necesidad de ascender a ninguna de las dos tachuelas mencionadas, cosa que algunos del grupo si que hicieron.
Desde la collada Cormelon en corta ascensión ganamos el pico del mismo nombre. Las vista son casi las misma que las del Caxigo, pero la luz del sol está mejor colocada para poder apreciar la majestuosa figura del Cornión y del Central, completamente blancos por la nieve. Más cerca de nosotros y al otro lado del valle, vemos nuestro recorrido hasta el momento, con el Caxigu bien identificado. Hacia el norte vemos en primer término el Pico la Cruz de Fanu con un sendero por su ladera oeste, por el que se puede acceder a la Collada Moandi, nuestro próximo objetivo.
Tras hacer las fotos y cubrir las tarjetas, descendemos más o menos por el mismo sitio por el que minutos antes habíamos subido, hasta la collada Cormelone. Luego por el sendero que vimos desde la cumbre, llegamos fácilmente al Collado Moandi, del que desciende un camino a una cabaña situada al oeste del Pico Cogolla, al que nosotros ascendemos por lo que parece un sendero del ganado. El pico tiene poca superficie y casi está ocupada por el vértice geodésico. El tiempo de estancia fue el imprescindible para cubrir la tarjeta y comprobar la mejor forma de descender.
Siguiendo con dirección norte, descendemos del pico buscando el mejor paso entre las cotoyas para acceder a un bosquecillo que atravesamos para llegar a la pista que veíamos desde el Cogolla. Solo resta continuar por la pista en descenso. Alcanzamos una especie de collado donde la pista hace una pequeña subida y desde allí contemplamos una vez mas las preciosas vistas del Cornión.
Luego caminamos un rato entre pinos y cuando ya vemos muy cerca la ciudad de Cangas, la pista da un giro a la izquierda después de dejar una bifurcación por la derecha. Intuyendo que ese giro nos aleja mucho de nuestro destino, optamos por cruzar una alambrada y descender por un prado bajo el que nos encontramos con un camino. Lo seguimos a la derecha y pasamos junto a una cabaña para introducirnos en un bosque por el que discurre un sendero que al final termina en una pista. Seguimos por ella y alcanzamos una urbanización de chales desde la que por unas escaleras bajamos justo al Puente Romano de Cangas de Onís. Tras cruzar el puente, nos dirigimos a la estación de autobuses, donde se encuentra nuestro transporte esperándonos, después de siete horas y cuarenta minutos de ruta.
Ruta larga y de cierta dureza, compensado todo por las magníficas vista que tuvimos y la benignidad de clima. Nos apuntamos a que todas las rutas que nos quedan sean tan satisfactorias como esta.