29 de octubre de 2011
Rematando el mes de octubre emprendemos una nueva trazada por el siempre sorprendente concejo de Somiedo. Hay un cordal que hemos observado mil veces entre la Vega de Camayor y las del rio Saliencia y que siempre nos llamo la atención. Hoy nuestra curiosidad montañil se va a ver recompensada pues nos proponemos atravesar de este a oeste este cordal, que limita continuamente con una de las zonas más restringidas del Parque. Cuando humanos y osos queremos compartir un mismo territorio, y visto que somos una especie depredadora por naturaleza, es bueno que por una vez en la historia nos gane el oso. Así que bordearemos todo el canto del área restringida teniendo mucho cuidado de no molestar a Don Oso.
Al pasar por Veigas ojos atentos nos señalan la “escultura” de fierro que a la derecha de la carretera nos despista de la embriagadora belleza del entorno. Lo gracioso es la pintada gamberra que pide literalmente desde su oxidada chapa un grito de socorro: “sacaíme de aquí”.
A pesar de levantarnos bastante antes del alba hasta las diez no empieza nuestra andadura y mejor que sea así porque el aire helado baja rápido nuestras ínfulas montañeras. Eso sí, gracias a la organización (y a la Vuelta Ciclista, todo hay que decirlo) empezamos a caminar en el alto de la Farrapona, con lo que nos hemos quitado la pesada pista de Torrestío. Desde la Collada Balbarán en cosa de quince minutos tenemos la visual del Lago de la Cueva, maravillosa cubeta glaciar, a la que hoy le falta algo de agua por la tacañería de la lluvia en estos pasados tres meses. Quedan restos de la mina Santa Rita que extraía oligisto hasta el año 1978. Muchos hemos visto los arruinados edificios antes de que se decidiera quitarlos. Aunque siempre quedará la inmensa costra rojiza del lago de la mina y alrededores con sus cegadas bocaminas. Se llegaron a extraer 70.000 toneladas al año.
Subimos jadeando la pista de la mina para dar vista al lago de La Almagrera o La Mina, hoy vacío de aguas, esperando sediento una beneficiosa chubascada. Un poco más altos ya y tenemos una buena vista sobre el lago Cerveriz que nos regala unos encantadores reflejos del primer Albo.
La amplia vega de Camayor es un largo valle glaciar, sembrado de sumideros y hoy salpicado de manchas blancas de nieve reciente. Pasear por su fondo es una delicia. La silueta del Tarambicu es una inconfundible señal de la ruta que queremos seguir. Para hacer algo de pierna ascendemos primero al Concrespu (1873 m. 1h 45 min.) La dominancia sobre Saliencia, el Michu, la Peña Negra es total. Pero también del Cornón y la Penouta, Los Bígaros, las dos Ubiñas, el Morronegro, los dos Albos, la Peña Orniz, majestuosa, las morteras, el Pico Blanco y la Peña Chana y la Salgada por donde pasamos hace bien poco.
Con una pequeña pérdida de altura y una nueva ascensión para salvar la vallina subimos al Tarambicu. Ahora tenemos más cerca los asombrosos pliegues de los estratos a la entrada de la SD 1, junto al túnel que abre el paso a Saliencia. Mirando al este llama poderosamente la atención el desfiladero de Los Arroxos, uno de los sitios más espectaculares de Somiedo y me atrevo a afirmar que de toda Asturias. Y qué poco conocido es. Sólo se fomenta el turismo por las sendas trilladas. Mejor para nosotros los montañeros porque nuestro espacio natural queda virgen de esa especie de “gran vía” de los madrileños en la que se llega a convertir nuestro querido Cares.
Bajamos relativamente pronto. Alucinados por la vista panorámica. Un pico tan modesto y es tan buen balcón. Seguimos desviándonos hacia el norte a la altura de los Campos de Gobia donde quedan cabañas en buen estado, a pesar de las feas uralitas. Justo enfrente hay un picacho soberbio bautizado por la costumbre de los lugareños con el curioso nombre de “Los Pozos de la Nieve”. Nos asomamos al cantil que cae bruscamente a la altura de Arbeñales. Estamos en la raya de la zona osera. No se ve ni uno, pero si varios corzos que cruzan presurosos cuando ya ha pasado la mayoría del grupo.
Ahora la senda que estaba más o menos clara nos introduce por el fondo de una vallina que ahora dobla al Noroeste. Algunos subimos al pico la Divisa o al Llasecu que no se muy bien cuál es cuál. Nos encontramos con la sorpresa de las afiladas agujas que apuntan al cielo y marcan canales de bajada no aptas para humanos. Bellísimo espectáculo. “Vamos, que el resto del grupo nos está esperando”.
Ahora si que empezamos a bajar en serio hacia la braña de La Llamera. Los lugareños se dedicaron durante siglos, me parece a mí, a amontonar piedras para formar inmensas murias. El camino se convierte en caleya, la caleya atraviesa el fayedo. El otoño se luce con todos los colores del mundo. Pena de sombra en la ladera que no permite buenas fotos. El ojo percibe mejor que la máquina. Topamos en el camino con tres teitos en diverso estado de conservación. Se ve que por aquí no hay turismo que promocionar.
Ahora nuestra caleya es un señalado camino preparado para forcaos y sembrado de hojas de ablano. La tormenta ha hecho su labor. Tenemos la ladera del monte Tibleos a la altura de los ojos. Tibleos, donde el diablo dijo “¡Miedo!” En La Llamera charlamos con dos paisanos con ganas de palique. Nevó bastante. Aquí se organiza el río Bobias que empieza en humilde regato y acaba siendo un señor torrente. El paseo es muy agradable aunque la pista de hormigón machuca nuestros pies. En una revuelta de la larga bajada está el cementerio del pueblo. Es época de difuntos y tenorios. Las paisanas suben con ramos de flores rozagantes.
Cuando estamos cerca del puente un extraño parque industrial asoma como un “aparecido”. Extraño, porque hay valla (“y vaya valla”), luz, desagües... pero ni una sola nave. Parece que iba a entrar en servicio a principios de este año. El alcalde de la Pola de Somiedo se queja de que antes todo era vivir de la ganadería y ahora todo vivir del turismo. Quince establecimientos hoteleros en la zona. Hay que diversificar hombre. Pero de momento nada de nada. Y un tal Feito cura de La Pola diciendo que “mi pueblo ya no es mi pueblo”. Cuatro ganaderos contados y una gran presión urbanística para convertir todo en una miniciudad de servicios.
Entre una cosa y otra el autocar está junto al puente. Y hemos terminado la ruta de hoy. A partir de ahora es ya historia y un buen, buen recuerdo.
Con la misma nostalgia del tiempo que viene no podéis perderos la de la próxima semana porque arrancando en Isoba vamos a bajar a la Vega Pociellu que, con la plena madurez del otoño, puede ser la gran ruta de este otoño. Nos veremos.
FRESINES
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