9-11-2013
Es
la segunda vez que bajo por este bosque. Nevó en lo alto del puerto. Nos
apresuramos a bajar. Mejor meternos al amparo de las viejas hayas, que crean su
propia humedad y nos defienden del desapacible viento. Bajamos con alguna
imprecisión sobre si coger la senda alta u otra más pegada al arroyo. Gana esta
última que enfila por lo más profundo del bosque.
Algo
se ensancha en nuestro corazón. En el bosque, con los rojos y los amarillos
subidos, los ocres dominantes de los helechos, las últimas hojas que se
resisten a morir. Todo se está preparando para la invernada que viene. Gocemos
el veranillo de San Martín que nos regala días extraordinarios. El aire
limpísimo, cargado de humedad, hundido por las nubes bajas que corren
presurosas sobre nuestras cabezas. En el bosque el olor del suelo alfombrado de
hoja caduca. En el bosque las mil formas en la que los árboles, agarrados a la
tierra sobreviven sosteniendo a la misma tierra que los alimenta. En el bosque
las cortezas de las enormes fayas son un mapa geográfico en sí mismo. No
sabemos toda la vida que hay aquí. Los serbales rojos de fruto, desnudos de
hoja ofrecen generosos su alimento a los animales del bosque. Al igual que los
acebos, Cada detalle es un mundo, cada charca un mar de vida, cada mata de
musgo un intrincado bosque en que la vida puja por brotar, contando que existe
esa otra cruel y necesaria realidad de la muerte incesante. Para que todo
brote, algo se tiene que pudrir, poco se tiene que mantener en suspensión, algo
tiene que vivir.
Me
fijo en las arquitecturas de las ramas. Son tan variadas que ninguna se parece
a otra. Cada árbol es una entidad singular, un compendio de vida, una esperanza
de continuidad. La incesante búsqueda de la luz retuerce la faya que compite
por crecer a la sombra de aquella otra fayona tan imponente. ¿Y las raíces?
¿cómo se adapta el tronco en un terreno tan inclinado? Brotan ramas bajas, que
se hunden profundamente en el suelo. ¿A qué llamo tronco y a cuál raíz? Lo que
importa es la conexión con la tierra, de la que se alimenta y a la que
vivifica. Esta es la lección que aprendo hoy del bosque. Fuera de la tierra,
alejados de lo natural, saliendo del entorno del bosque, no somos prácticamente
más que pequeños seres “agitados”. ¿Sobra el visitante? O ¿es el precio que hay
que pagar para que el bosque resista a la tronzadora? Hay que volver al bosque
para comprender la vida, para estudiar cada liquen parásito y humidificador de
la faya. Las “barbas de capuchino” cuelgan incansables de multitud de ramajes.
La luz del cielo se adapta a este entorno especial filtrándose entre hojas.
Todo contribuye a que me sienta un ser superior, por la simple razón de haber
podido disfrutar de un bosque antiguo, mantenido por la sabiduría de nuestros
abuelos.
Un
rodete de raíces arrumbado junto al camino. Tiene setas en su tronco. Una faya
atravesada por el rayo y desguarnecida de tronco interior. En ella han brotado
altas ramas que siguen vivas en aquella columna vaciada. En aquel otro el fuego
hizo su labor pero el árbol sobrevivió. La vida está agarrada intensamente en
cada rincón de este bosque La Puerca. Las setas brotan entre hojas, brotan en
los troncos caídos, brotan en vaguadas descendentes, brotan entre el musgo. Las
formas geométricas del musgo me impresionan, son dibujos de una enorme
plasticidad. Las fayas crecen en comunidad compartiendo el mismo pié, dejan
cuevas en su seno, ventanas útiles a las ardillas, oquedades-nido.
Salimos
a un mayau abierto. Sigue siendo lugar de pasto veraniego. La presencia humana
indudable en las cabañas más o menos arregladas. Los fresnos bien plantados
frente a ellas dan un complemento de frescor y de alimento cuando la pación ya
falla. Hay varias corras de piedra. Son muros de piedra circulares cerrados por
arriba con lajas de piedra planas, que van formando una semiesfera sostenida
por la gravedad. Sin asomo de cemento o clavos. Sabiduría muy antigua. Toda la
tecnología conocida de la época. Están en estado de abandono. Cuando los paisanos
las han querido arreglar, sólo para que no se caigan, la administración les ha
impuesto un tributo por obras. Total
condena al ostracismo, en unos años todo por el suelo. Pero no es eso: aquí
hablamos del hombre antiguo, sobreviviente en el entorno, moldeador del bosque,
su principal mantenedor. La ladera opuesta al otro lado de la carretera está
amenazada porque ha sido autorizada “la entresaca” de madera. Nos da miedo.
Hemos visto la desgraciada realidad de estas explotaciones, el aceite de las
maquinarias tirado, las latas por el suelo.
Abandono
las corras de las Cadenas. Bajo hasta el regato que viene de los puertos. Hay
que cruzarlo por donde se pueda. Las piedras de su lecho están lavadas en su
incesante viaje al río principal. El agua es el alimento. Es muy simple y a la
vez muy complejo: agua, suelo mineral, luz del sol. Bastan. Junto a mi están
cogiendo boletus y lepiotas, algunas raras amanitas, algún coprinus.
Un
paso estrecho del río entre dos grandes paredes cuarcíticas. Salimos del hayedo
para entrar a un segundo bosque formado por el roble albar. Es totalmente
distinto: altísimos y delgados troncos crecen verticales. Tremendo bosque digno
del formador de altísimas bóvedas. Las
hiedras colonizan algunos troncos serpenteando sobre las columnas en arabescos
romboidales. Es un bosque más apacible que el anterior, más hambriento de luz,
de mayor proyección vertical. El sustrato de caliza de la parte alta del monte
ahora está formado por conglomerados de pudinga cuarcitita. Distintos suelos distintos
árboles, la presencia humana más cercana se nota en los avellanos (ablanos) que
contornean el camino. Este da un amplio giro para caer sobre la Villa de Sub.
Pueblo engalanado sobre las mejores y más conservadas tradiciones de lo rural,
manteniendo su escuela, sus hórreos y corredores, y otras maravillas
etnográficas que hacen las delicias del turista curioso. Final de recorrido con
la bajada a Páramo por el camino antiguo. Todavía un pruno nos regala sus
pacharanes en un último obsequio de los muchos que hemos recibido hoy al
atravesar esta larga ladera.
El
próximo sábado volvemos a la Peña Blanca, aquella que hicimos hace varios años
y que no culminamos del todo por la cantidad de nieve que nos encontramos en la
parte final. Salimos de Caboalles junto al pantano de Tanas, para salir a la
Enruceyá cerca de Caleao.
Recordad
tres cosas: encargar la lotería, La próxima Cena de Hermandad y las Jornadas de
Montaña que organiza el Grupo los días 20, 21 y 22. Durante estos días nos
veremos todos. Y tendremos mucho gusto en compartir un culín de buena sidra.
FRESINES
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