jueves, noviembre 14, 2013

CRÓNICA DE LA INMERSIÓN EN EL BOSQUE LA PUERCA



9-11-2013

Es la segunda vez que bajo por este bosque. Nevó en lo alto del puerto. Nos apresuramos a bajar. Mejor meternos al amparo de las viejas hayas, que crean su propia humedad y nos defienden del desapacible viento. Bajamos con alguna imprecisión sobre si coger la senda alta u otra más pegada al arroyo. Gana esta última que enfila por lo más profundo del bosque.

Algo se ensancha en nuestro corazón. En el bosque, con los rojos y los amarillos subidos, los ocres dominantes de los helechos, las últimas hojas que se resisten a morir. Todo se está preparando para la invernada que viene. Gocemos el veranillo de San Martín que nos regala días extraordinarios. El aire limpísimo, cargado de humedad, hundido por las nubes bajas que corren presurosas sobre nuestras cabezas. En el bosque el olor del suelo alfombrado de hoja caduca. En el bosque las mil formas en la que los árboles, agarrados a la tierra sobreviven sosteniendo a la misma tierra que los alimenta. En el bosque las cortezas de las enormes fayas son un mapa geográfico en sí mismo. No sabemos toda la vida que hay aquí. Los serbales rojos de fruto, desnudos de hoja ofrecen generosos su alimento a los animales del bosque. Al igual que los acebos, Cada detalle es un mundo, cada charca un mar de vida, cada mata de musgo un intrincado bosque en que la vida puja por brotar, contando que existe esa otra cruel y necesaria realidad de la muerte incesante. Para que todo brote, algo se tiene que pudrir, poco se tiene que mantener en suspensión, algo tiene que vivir.

Me fijo en las arquitecturas de las ramas. Son tan variadas que ninguna se parece a otra. Cada árbol es una entidad singular, un compendio de vida, una esperanza de continuidad. La incesante búsqueda de la luz retuerce la faya que compite por crecer a la sombra de aquella otra fayona tan imponente. ¿Y las raíces? ¿cómo se adapta el tronco en un terreno tan inclinado? Brotan ramas bajas, que se hunden profundamente en el suelo. ¿A qué llamo tronco y a cuál raíz? Lo que importa es la conexión con la tierra, de la que se alimenta y a la que vivifica. Esta es la lección que aprendo hoy del bosque. Fuera de la tierra, alejados de lo natural, saliendo del entorno del bosque, no somos prácticamente más que pequeños seres “agitados”. ¿Sobra el visitante? O ¿es el precio que hay que pagar para que el bosque resista a la tronzadora? Hay que volver al bosque para comprender la vida, para estudiar cada liquen parásito y humidificador de la faya. Las “barbas de capuchino” cuelgan incansables de multitud de ramajes. La luz del cielo se adapta a este entorno especial filtrándose entre hojas. Todo contribuye a que me sienta un ser superior, por la simple razón de haber podido disfrutar de un bosque antiguo, mantenido por la sabiduría de nuestros abuelos.

Un rodete de raíces arrumbado junto al camino. Tiene setas en su tronco. Una faya atravesada por el rayo y desguarnecida de tronco interior. En ella han brotado altas ramas que siguen vivas en aquella columna vaciada. En aquel otro el fuego hizo su labor pero el árbol sobrevivió. La vida está agarrada intensamente en cada rincón de este bosque La Puerca. Las setas brotan entre hojas, brotan en los troncos caídos, brotan en vaguadas descendentes, brotan entre el musgo. Las formas geométricas del musgo me impresionan, son dibujos de una enorme plasticidad. Las fayas crecen en comunidad compartiendo el mismo pié, dejan cuevas en su seno, ventanas útiles a las ardillas, oquedades-nido.

Salimos a un mayau abierto. Sigue siendo lugar de pasto veraniego. La presencia humana indudable en las cabañas más o menos arregladas. Los fresnos bien plantados frente a ellas dan un complemento de frescor y de alimento cuando la pación ya falla. Hay varias corras de piedra. Son muros de piedra circulares cerrados por arriba con lajas de piedra planas, que van formando una semiesfera sostenida por la gravedad. Sin asomo de cemento o clavos. Sabiduría muy antigua. Toda la tecnología conocida de la época. Están en estado de abandono. Cuando los paisanos las han querido arreglar, sólo para que no se caigan, la administración les ha impuesto un tributo por obras.  Total condena al ostracismo, en unos años todo por el suelo. Pero no es eso: aquí hablamos del hombre antiguo, sobreviviente en el entorno, moldeador del bosque, su principal mantenedor. La ladera opuesta al otro lado de la carretera está amenazada porque ha sido autorizada “la entresaca” de madera. Nos da miedo. Hemos visto la desgraciada realidad de estas explotaciones, el aceite de las maquinarias tirado, las latas por el suelo.

Abandono las corras de las Cadenas. Bajo hasta el regato que viene de los puertos. Hay que cruzarlo por donde se pueda. Las piedras de su lecho están lavadas en su incesante viaje al río principal. El agua es el alimento. Es muy simple y a la vez muy complejo: agua, suelo mineral, luz del sol. Bastan. Junto a mi están cogiendo boletus y lepiotas, algunas raras amanitas, algún coprinus.

Un paso estrecho del río entre dos grandes paredes cuarcíticas. Salimos del hayedo para entrar a un segundo bosque formado por el roble albar. Es totalmente distinto: altísimos y delgados troncos crecen verticales. Tremendo bosque digno del formador de altísimas bóvedas.  Las hiedras colonizan algunos troncos serpenteando sobre las columnas en arabescos romboidales. Es un bosque más apacible que el anterior, más hambriento de luz, de mayor proyección vertical. El sustrato de caliza de la parte alta del monte ahora está formado por conglomerados de pudinga cuarcitita. Distintos suelos distintos árboles, la presencia humana más cercana se nota en los avellanos (ablanos) que contornean el camino. Este da un amplio giro para caer sobre la Villa de Sub. Pueblo engalanado sobre las mejores y más conservadas tradiciones de lo rural, manteniendo su escuela, sus hórreos y corredores, y otras maravillas etnográficas que hacen las delicias del turista curioso. Final de recorrido con la bajada a Páramo por el camino antiguo. Todavía un pruno nos regala sus pacharanes en un último obsequio de los muchos que hemos recibido hoy al atravesar esta larga ladera.

El próximo sábado volvemos a la Peña Blanca, aquella que hicimos hace varios años y que no culminamos del todo por la cantidad de nieve que nos encontramos en la parte final. Salimos de Caboalles junto al pantano de Tanas, para salir a la Enruceyá cerca de Caleao.

Recordad tres cosas: encargar la lotería, La próxima Cena de Hermandad y las Jornadas de Montaña que organiza el Grupo los días 20, 21 y 22. Durante estos días nos veremos todos. Y tendremos mucho gusto en compartir un culín de buena sidra.

FRESINES

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