20
de octubre de 2012
Esperábamos con impaciencia este
trepidante descenso para completar las rutas de un magnífico verano y mejor otoño por los
variados caminos de Picos de Europa, el Alto Sil y la Omaña. En muy pocas
ocasiones, como la que se nos presentaba hoy, puede un grupo esconderse en el
rincón más oculto, profundo y agreste de los Picos de Europa.
Las cosas sucedieron así: En un día
frío y otoñal descendemos del bus en la Buferrera. Las cumbres del Cornión
aparecen nevadas. La primera nevada del
otoño. Nunca nos cansaremos de ver la conocida silueta de la línea cumbrera que
va desde la Torre Santa hasta el Jultayu, pasando por Los Traviesos, la Torre de
la Canal Parda, la Torre de Cabrones, la Verdilluenga. Toda una magnífica
visual enriquecida además por el hecho de que la modesta lluvia de la semana
pasada ha vivificado todas las praderías que se han vuelto a vestir de un
elegante verde otoñal. Si miras hacia el norte verás la vega de Comeya
explotando de color, recorrida por una línea plateada que va haciendo meandros
entre la turba. Hacia el sur y por un hueco entre dos modestos pandones está
omnipresente La Ercina reflejando los cien colores del cielo. Y todo esto con
el bullicio del verano desaparecido. La más absoluta belleza rezuma en la
absoluta soledad. Vamos tomando conciencia que aquí somos nosotros los
extraños.
Y
como peregrinos que somos seguimos nuestro incansable viaje hacia Belbín.
Pasamos por encima del pequeño poljé que sigue al mayor de la Buferrera. Son
dos magníficos paisajes kársticos con afloramiento de rocas puntiagudas hacia
el cielo. Foto y tira que te quedas sólo. Belbin otro rincón para poetas y
pastores. Con sus cuevas naturales para elaborar el Gamonedo de los Puertos que
se vendió el domingo a ¡treinta y ocho euros el kilo! Ante nosotros la torre
monolítica del Cantón de Texeu. Subida conocida y bastante breve con su trepada
final. En la cumbre una antena de los pastores. El Jascal, EL Llerosos y el
Cuetón lucen sus siluetas engalanados entre nubes. Al norte Pandescura. Vira
apenas se cree que lo del fondo sea el mar. Algunos intentan bajar por la cara
oeste. Los demás por donde vinimos. Y ahora a rodear el Cantón para descubrir
sus absolutas verticales en su faceta norte.
Como
estamos descansados y la pista es una total monotonía nos lanzamos a subir la
cuestona de la Cabeza Camba. Bajando por su ladera norte estamos en la collada Lincós
que nos emboca directamente al Casaño. Vertiginosa bajada dominada por la hierba
alta, resbalona, dura. Primero los acebos, luego los inmensos castaños tirados
en el suelo por las tormentas, luego las fayas y finalmente los fresnos,
acompañan nuestro largo, largo descenso. Primero nos acompañan nuestras voces,
luego son tapadas por un concierto de cencerros y esquilones, y luego es el río
el que impone su voz. No hay más remedio que plegarse ante lo salvaje del
espectáculo. Logramos ver el río: baja abundante de aguas, en cascadas, espumando
blancura, reposando en profundas pozas verdes. Afortunadamente el puente
reconstruido en el 2010 nos ahorra un paso delicado. Cruzamos de margen. Apenas
paramos. Luisa se queja: -“¿nunca os cansáis?”. Tienes razón mujer, alguna
paradiña más habría que hacer, que aquí hay que venir ya comido y mexiau de
casa, ¡joplines!
El
río está bien vivo. El sendero que tímidamente le acompaña no deja un minuto de
relajo. Resbalan las piedras, hay barro, todo está mojado, los árboles hacen
túnel por encima. Las cañas de los árboles jóvenes marcan el norte con su
abigarrado verdín. Un mundo junto al río y bajo el cielo que no se ve. Llegamos
a un gran hito que señala la biforcadera de caminos: por arriba la resbaladiza
senda excavada para la central eléctrica; por abajo salimos a la playa herbosa
del río. Mejor esta segunda alternativa porque el riesgo de resbalar con esta
humedad es alto.
A
partir de aquí la senda es mucho más clara, más abierta, más fácil de caminar.
El Casaño ya nos castigó bastante. El río se vuelca en una primera foz, las
paredes verticales de la derecha cierran el paso al agua que busca su salida en
una serie de rápidos. Podemos ver la línea de cumbres que cierran el valle por
la izquierda. Son La Cabeza Dubia y la Cabeza Xatera, en la que ya estuvimos.
Están sembradas de agujas de formas caprichosas. Pasamos el puente de troncos
de Los Mineros. Ejercicio de estilo y equilibrio. En la otra margen está el
inacabado edificio de la central eléctrica.
Oímos
el lamento de un animal. Al poco se une a nosotros. Es un lebrel cazador, de
nombre “Pedro”, según dice su collar. Nos olisquea a base de bien. Marca el
camino con su orina. Nos sigue alborozado pues se le veía un poco perdido. Al
cruzar el puente de Escobín le dejamos encerrado en la otra margen para que
busque a su dueño. Enloquece y llora, busca un hueco por donde pasar entre los
barrotes, parece irse al río. Mejor le abrimos y que siga viaje hasta La
Molina.
Seguimos
a la sombra de los castaños, poblados de erizos. Gruesos árboles de retorcido
tronco. Algunos vaciados por el fuego se agarran a la vida y siguen teniendo
cañas con frutos. A la altura del Cueto Pandu la auténtica foz del Casaño se
adueña de la situación: paso estrecho dominado por el agua que laminó las
paredes en cuevas. En el coqueto puente medieval hacemos fotos del largo tubo
de agua que ruge bajo el ojo del puente. Vaya sitio este, otro que hay que
apuntarse para el próximo verano.
La
senda se convierte en una pista empedrada. Por la derecha cambia de valle y
sigue a los puertos de Cabezo Lleroso. Por ahí desaparece como una flecha
nuestro recién amigo “Pedro”. Seguimos a La Molina. Paso junto a un jacuzzi
natural en el que sumergirse bien acompañado. Sólo echaríamos de menos el agua
caliente. Con unas cosas y otras entramos en La Molina. Qué bonito está el
pueblo. Su fuente muy útil para desprendernos de los dos kilos de barro que
llevamos en cada bota. El autocar nos está esperando. Magnífica noticia que nos
ahorra una larga subida por la carretera hasta Canales.
Sólo
hay que buscar dónde comer. Tres intentos. En unos cierran, en otros no
cabemos. A la cuarta el conductor que se las sabe todas acierta. Un buen bar,
con vino de frasca y bastante artesanía de la madera. Como la tarde está
agradable comemos fuera bajo el toldo. Sobremesa al sol otoñal, contentos con
la rutaza que nos marcamos hoy. Sólo nos queda a los cuatro inquietos de
siempre la cosa de “¿para cuando la bajada completa del Casaño desde el Hoyo la
Madre?” Es practicable para grupos con experiencia. Luisa lo bajó. Y nosotros
también queremos, ¡ea!
En
el próximo fin de semana tenemos ruta por Somiedo. Por la margen derecha del
río en su sentido de bajada buscaremos en el pueblo de Pigüences para subir por
Motiz a el Pico Rubio de 1392 metros y bajar luego hasta La Riera a 480 metros
de altura. Una excursión por Somiedo siempre, siempre merece la pena. Allí nos
veremos. Recordar que hemos cambiado el punto de salida del autocar. Empezamos
a recoger en San Andrés y no en Oviedo.
FRESINES
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