jueves, octubre 25, 2012

RECORRIMOS LAS FOCES DEL CASAÑO, RUTA INOLVIDABLE



20 de octubre de 2012
           
            Esperábamos con impaciencia este trepidante descenso para completar las rutas de un  magnífico verano y mejor otoño por los variados caminos de Picos de Europa, el Alto Sil y la Omaña. En muy pocas ocasiones, como la que se nos presentaba hoy, puede un grupo esconderse en el rincón más oculto, profundo y agreste de los Picos de Europa.

            Las cosas sucedieron así: En un día frío y otoñal descendemos del bus en la Buferrera. Las cumbres del Cornión aparecen nevadas. La primera nevada  del otoño. Nunca nos cansaremos de ver la conocida silueta de la línea cumbrera que va desde la Torre Santa hasta el Jultayu, pasando por Los Traviesos, la Torre de la Canal Parda, la Torre de Cabrones, la Verdilluenga. Toda una magnífica visual enriquecida además por el hecho de que la modesta lluvia de la semana pasada ha vivificado todas las praderías que se han vuelto a vestir de un elegante verde otoñal. Si miras hacia el norte verás la vega de Comeya explotando de color, recorrida por una línea plateada que va haciendo meandros entre la turba. Hacia el sur y por un hueco entre dos modestos pandones está omnipresente La Ercina reflejando los cien colores del cielo. Y todo esto con el bullicio del verano desaparecido. La más absoluta belleza rezuma en la absoluta soledad. Vamos tomando conciencia que aquí somos nosotros los extraños.

Y como peregrinos que somos seguimos nuestro incansable viaje hacia Belbín. Pasamos por encima del pequeño poljé que sigue al mayor de la Buferrera. Son dos magníficos paisajes kársticos con afloramiento de rocas puntiagudas hacia el cielo. Foto y tira que te quedas sólo. Belbin otro rincón para poetas y pastores. Con sus cuevas naturales para elaborar el Gamonedo de los Puertos que se vendió el domingo a ¡treinta y ocho euros el kilo! Ante nosotros la torre monolítica del Cantón de Texeu. Subida conocida y bastante breve con su trepada final. En la cumbre una antena de los pastores. El Jascal, EL Llerosos y el Cuetón lucen sus siluetas engalanados entre nubes. Al norte Pandescura. Vira apenas se cree que lo del fondo sea el mar. Algunos intentan bajar por la cara oeste. Los demás por donde vinimos. Y ahora a rodear el Cantón para descubrir sus absolutas verticales en su faceta norte.

Como estamos descansados y la pista es una total monotonía nos lanzamos a subir la cuestona de la Cabeza Camba. Bajando por su ladera norte estamos en la collada Lincós que nos emboca directamente al Casaño. Vertiginosa bajada dominada por la hierba alta, resbalona, dura. Primero los acebos, luego los inmensos castaños tirados en el suelo por las tormentas, luego las fayas y finalmente los fresnos, acompañan nuestro largo, largo descenso. Primero nos acompañan nuestras voces, luego son tapadas por un concierto de cencerros y esquilones, y luego es el río el que impone su voz. No hay más remedio que plegarse ante lo salvaje del espectáculo. Logramos ver el río: baja abundante de aguas, en cascadas, espumando blancura, reposando en profundas pozas verdes. Afortunadamente el puente reconstruido en el 2010 nos ahorra un paso delicado. Cruzamos de margen. Apenas paramos. Luisa se queja: -“¿nunca os cansáis?”. Tienes razón mujer, alguna paradiña más habría que hacer, que aquí hay que venir ya comido y mexiau de casa, ¡joplines!

El río está bien vivo. El sendero que tímidamente le acompaña no deja un minuto de relajo. Resbalan las piedras, hay barro, todo está mojado, los árboles hacen túnel por encima. Las cañas de los árboles jóvenes marcan el norte con su abigarrado verdín. Un mundo junto al río y bajo el cielo que no se ve. Llegamos a un gran hito que señala la biforcadera de caminos: por arriba la resbaladiza senda excavada para la central eléctrica; por abajo salimos a la playa herbosa del río. Mejor esta segunda alternativa porque el riesgo de resbalar con esta humedad es alto.

A partir de aquí la senda es mucho más clara, más abierta, más fácil de caminar. El Casaño ya nos castigó bastante. El río se vuelca en una primera foz, las paredes verticales de la derecha cierran el paso al agua que busca su salida en una serie de rápidos. Podemos ver la línea de cumbres que cierran el valle por la izquierda. Son La Cabeza Dubia y la Cabeza Xatera, en la que ya estuvimos. Están sembradas de agujas de formas caprichosas. Pasamos el puente de troncos de Los Mineros. Ejercicio de estilo y equilibrio. En la otra margen está el inacabado edificio de la central eléctrica.

Oímos el lamento de un animal. Al poco se une a nosotros. Es un lebrel cazador, de nombre “Pedro”, según dice su collar. Nos olisquea a base de bien. Marca el camino con su orina. Nos sigue alborozado pues se le veía un poco perdido. Al cruzar el puente de Escobín le dejamos encerrado en la otra margen para que busque a su dueño. Enloquece y llora, busca un hueco por donde pasar entre los barrotes, parece irse al río. Mejor le abrimos y que siga viaje hasta La Molina.

Seguimos a la sombra de los castaños, poblados de erizos. Gruesos árboles de retorcido tronco. Algunos vaciados por el fuego se agarran a la vida y siguen teniendo cañas con frutos. A la altura del Cueto Pandu la auténtica foz del Casaño se adueña de la situación: paso estrecho dominado por el agua que laminó las paredes en cuevas. En el coqueto puente medieval hacemos fotos del largo tubo de agua que ruge bajo el ojo del puente. Vaya sitio este, otro que hay que apuntarse para el próximo verano.

La senda se convierte en una pista empedrada. Por la derecha cambia de valle y sigue a los puertos de Cabezo Lleroso. Por ahí desaparece como una flecha nuestro recién amigo “Pedro”. Seguimos a La Molina. Paso junto a un jacuzzi natural en el que sumergirse bien acompañado. Sólo echaríamos de menos el agua caliente. Con unas cosas y otras entramos en La Molina. Qué bonito está el pueblo. Su fuente muy útil para desprendernos de los dos kilos de barro que llevamos en cada bota. El autocar nos está esperando. Magnífica noticia que nos ahorra una larga subida por la carretera hasta Canales.

Sólo hay que buscar dónde comer. Tres intentos. En unos cierran, en otros no cabemos. A la cuarta el conductor que se las sabe todas acierta. Un buen bar, con vino de frasca y bastante artesanía de la madera. Como la tarde está agradable comemos fuera bajo el toldo. Sobremesa al sol otoñal, contentos con la rutaza que nos marcamos hoy. Sólo nos queda a los cuatro inquietos de siempre la cosa de “¿para cuando la bajada completa del Casaño desde el Hoyo la Madre?” Es practicable para grupos con experiencia. Luisa lo bajó. Y nosotros también queremos, ¡ea!

En el próximo fin de semana tenemos ruta por Somiedo. Por la margen derecha del río en su sentido de bajada buscaremos en el pueblo de Pigüences para subir por Motiz a el Pico Rubio de 1392 metros y bajar luego hasta La Riera a 480 metros de altura. Una excursión por Somiedo siempre, siempre merece la pena. Allí nos veremos. Recordar que hemos cambiado el punto de salida del autocar. Empezamos a recoger en San Andrés y no en Oviedo.

FRESINES

No hay comentarios: