1 de febrero de 2014
Siguiente etapa del camino.
Estamos más cerca del objetivo. Hoy vamos a darle un buen empujón que nos
dejará a dos etapas de Covadonga. Partimos de Espinaredo. Subiendo por la
carretera arriba hasta El Barro (una premonición de lo que nos espera) y por el
desvío de la derecha empezamos a subir a Porciles. La rampa es larga, el cielo
está muy cubierto y más vale empezar rápido. Cuando llegamos a Porciles hay un
resolillo agradable. Seguimos subiendo teniendo cuidado de no confundir caminos
pues confluyen en muchos puntos el GR-105, el nuestro, y el GR-109 de la
Asturias del Interior.
Saliendo de esta bonita aldea, de
casas cuidadas y buenos hórreos y paneras la cuesta empieza a suavizarse algo.
El que empeora es el tiempo: empieza a lloviznar. Hay que ponerse ropa de
abrigo. El viento es frío. La pista va bordeando el cono de Sopiedra. Superados
los 500 metros de desnivel, junto al abrevadero, estamos cerca de la Collada de
Sopiedra. Está nevando y el horizonte se ha cubierto de nubes bajas.
Abandonamos la pista para
alcanzar el collado Tayada. El camino que estamos siguiendo es de los
entallados en piedra, realmente precioso. Dos kilómetros más y otros 360 metros
de subida nos dejan en Sopiedra. El aire se ha convertido en un nuevo
protagonista: sopla con fuerza y literalmente nos nueve. Un grupillo se ha ido
con Lia a intentar el Niajo. Se quedan en el primer pico, creo que el Robleu,
porque el aire puede con ellos.
Nuevo collado conseguido: El
Pendedor que se alcanza pisando por encima de un paso de troncos para evitar el
barrizal. Ya se ve, inmenso, el Valle Campiello preciosa subida a la sierra El
Abedular. Un poco más y llegamos a la primera cabaña del Collado Llarenes.
Vuelve a nevar. El suelo se ha cubierto levemente. Empezamos un nuevo faldeo,
esta vez por el pico La Escoba. Con vistas al valle La Castañar, profundo valle
marcado por el río Pequeño, que nos disponemos a cruzar por su parte alta. Es
uno de los terrenos que nos quedan por explorar: las Foces del Río Pequeño
prometen aventura. Ya cruzando la sierra el Abedular la orientación se
convierte en un problema: seguimos una sucesión de vallinas y contravallinas en
un continuo sube y baja. Las marcas de pista han desaparecido o están perdidas
por el tiempo y la humedad. Lo malo es que el terreno es un chagüanal continuo.
Sales de una chamarga, peleas con los toxos, entras en otro chamargón cuidando
de no perder una bota y tropiezas con árgomas, mientras te desenganchas de las
espineras. Se hace duro el avance. El barro es de una categoría especial, se
pega como hace tiempo no recordábamos. Vamos avanzando pero con dificultad.
Cansados. Pero al fondo hay una pradería verde que promete. Es el Collado la
Perra y está muy cerca de Trebandi. Estamos en lo más profundo y retirado de
Piloña. Contra los obstáculos que nos pone el terreno tenemos hoy una ventaja:
estrenamos los nuevos radio trasmisores que nos ha regalado José Juan.
Funcionan muy bien, nos localizamos en un momento y creo que acertamos con esta
apuesta por la tecnología. ¡Gracias J.J.!
Llegamos a Trebandi. Paró el viento, ya no nieva tampoco. Ahora
hay un buen camino y vuelven a aparecer las marcas rojas y blancas. Nuestras
amigas. Por un raro despiste, al querer evitar subir la Carba Trebandi,
equivocamos el camino y seguimos el trazado directo, siempre al este. Tenemos
que buscarnos la vida por una amplia ladera siguiendo caminos de cuadrúpedos,
mejor dotados que nosotros para estos menesteres. Salimos a las cabañas del Cerralín.
Desde aquí hay una buena pista, que seguimos por lo alto, aunque nuestro track
tiene que ir mucho más bajo. A buen paso por la pista llegamos a una
bifurcación. Desde lo alto se divisa en lontananza la Matosa. Queda todavía su
buen par de horas. Por la izquierda la pista acaba en el centro de Villamayor.
Nuestro camino sigue por el otro ramal hasta pasar junto al depósito de agua
para la extinción de incendios. Descendemos. Hay que bajar mucho para
encontrarnos a la altura de la carretera. Además todavía tenemos que superar el
valle del río Color antes de dar con el valle del río Tendi que será la meta
que buscamos.
Así que monte abajo por la
ladera, hasta una buena cabaña, que tiene un camino alto y uno bajo que van
bordeando el bosque, un bonito bosque. En un momento determinado parece que
estamos retrocediendo. Sólo es apariencia porque acabamos cortando por el prado
para acercarnos al ruidoso río Color. Bien puesto el nombre, porque si algo
predomina es la intensidad de los verdes y los marrones invernales. ¿Hay puente
para cruzar? Cuando llegamos lo podemos ver: es un puente de troncos tipo
“suspiroso”, lo más sólido es el pasamanos formado por un cable de acero, que a
su vez está enclavado en las fatigadas vigas. Por si las moscas cruzamos de uno
en uno. Y aguanta.
Ya estamos cerca. Si miro para
donde venimos se ve la silueta del Vízcares poderosamente cubriendo todo el
horizonte. Y delante la Mota Cetín, la Peña Beza, el Canto Carbonero, todo
nevado. Volvemos a bajar ladera abajo por el bosquete, con las rodillas
pidiendo descanso, pero lanzados a buscar el paso a la Matosa. Hay una pista
que podría ser la buena, pero que también retrocede. Volvemos a encontrar las
marcas del camino, ahora son flechas amarillas. Estamos en el buen camino, por
fin. Armados de un poco de paciencia superamos los últimos desniveles, ya
podemos ver La Matosa al alcance de la mano. Empezamos a sacudirnos el barro,
porque todo parece más civilizado. Pasada La Matosa, por una amplia pradería en
descenso, cruzamos una riega menor, y enfocamos directamente el paso por el
puente que cruza el río Tendi. Estamos en La Vega, por fin.
No imaginaba esta etapa tan dura.
Se nos ha ido a siete horas, para quince kilómetros bien contados. Y parando
muy poco. La pelea con los elementos ha sido fuerte. Agua, viento, nieve,
barro, sol, nos han acompañado en esta jornada invernal. Esta parte de Piloña
es realmente salvaje, la hemos cruzado de oeste a este, saltando tres valles
profundos marcados por otros tantos ríos. Las vistas a pesar de todo, creo que
son inolvidables. Y si lo dudáis, mirad las fotos de Miguel y las de Peña. La
suavidad de los picos, lo filoso de las crestas redondeadas, son muy engañosas.
Es una travesera difícil de recorrer. Y estamos bien cansados. Nos vamos a
comer a ese nuevo refugio que hemos encontrado en Nava.
El día 8 tenemos una nueva etapa
del camino: Empezamos donde lo dejamos, en La Vega, si podemos subiremos al
Masalto y al Bodes, para salir desde allí al Monsaterior de Villanueva, y
terminar en Cangas de Onís. Un aviso: estamos apuntando a la gente para la
comida del jabalí al que nos invita José Juan. La comida tendrá lugar en Casa
Linares de Abantro el 15 de marzo al terminar la ruta desde la Collada de
Arnicio a Tanes. El menú es fundamentalmente sopa, jabalí guisado y postres,
café y vino. El precio rondará los 12-15 euros. Los que estéis interesados
avisar por algún medio para hacer las previsiones sobre la cantidad de caza a
llevar. No lo dejéis para última hora.
FRESINES
No hay comentarios:
Publicar un comentario