22
de septiembre de 2012
Cuando
se planteó esta excursión en el calendario casi ninguno teníamos mucha idea de por dónde cae este pico perdido de la
mano de Dios. Así que hicimos un largo viaje para descubrirlo y colonizarlo de
paso, si fuera preciso. En serio: resultó ser una larga cadena de picos de
extraordinario acceso y de más que extraordinaria panorámica.
Dos
horas y media desde la salida de Oviedo y llegada al pueblo de Las Salas,
pasado el pueblo de Riaño. Preguntamos por su mejor acceso ya que queremos
hacer todo el largo cordal. Salimos por la pista de la derecha del pueblo que
asciende entre robles, abedules y algunas fayas en la parte alta. La pista es
cómoda y la inmersión en el bosque siempre se agradece. Hace calor y en esta
sombra se está muy a gusto.
Algunos
más adelantados logran ver a un espléndido ejemplar de ciervo, bien dotado con
enormes cuernas. En un recodo del camino una vaca solitaria sestea y nos
sorprende mucho porque está comiendo la hojarasca seca de las fayas. Lo nunca
visto. Que llueva pronto para remediar este secarral. Salimos del bosque. Ahora
podemos tener una visión de toda la subida con más claridad. Como queremos
hacerlo todo empezamos por el pico más oriental para recorrer toda la sierra
hasta la cumbre de la izquierda que es la que nos deja más cerca de Las Salas.
Se
aprecia un canalizo en la parte central de la peña a la altura de los Serrones
Negros. Encontramos los jitos. La senda está muy bien marcada. Hay que superar
dos fuertes contrafuertes bastante aplomados. Se imponen las pequeñas trepadas
por la noble caliza. Tenemos que superar 626 metros para la primera cumbre.
Pasado el primer resalte en veinticinco minutos, emprendemos una larga diagonal
hacia la derecha por una meseta más o menos horizontal.
Entramos
al segundo resalte, más vertical que el primero. Aquí el paso es por una
especie de tubo en la roca que va evitando las fuertes verticales. Cuando
salimos a una zona más abierta resulta que todavía no estamos más que en una
antecima. Todavía faltan 220 metros. Llevamos dos horas tres cuartos bien
entretenidos haciendo chimeneas y grietas en las grandes coladas. La gente va
divertida y soplan ráfagas de aire bastante agradables. Por fin hacemos la
primera cima. Una media hora más. Lo que se llega a ver te absorbe de tal
manera que te olvidas del cansancio: Estamos encima del embalse y del pueblo de
Riaño. Justo delante la afiladísima cresta del Gilbo, al noreste el Yordas y
los Picos de Europa. Al Norte el Mampodre, al fondo queremos ver el Bodón y el
Cueto Ancino, desdibujados entre cientos de siluetas de cresterías, enmarcadas
entre el Torres y la Ubiña. Pero nuestros ojos vuelven irremediablemente hacia
las cumbres palentinas del Espigüete, el Murcia, el Pozo del Tío Raimundo y
Peña Prieta, conocidos por casi todos.
El viento produce marejadilla en el embalse. Está muy bajo, le falta por
lo menos tres metros de crecida.
Volvemos
a cargar la mochila para seguir al segundo pico. Hay que descender unos noventa
metros para coger la collada intermedia. Luego subir por un corredor que se
acerca mucho al abismo norte. Pero se pasa sin mayores problemas. Por el camino
los coleccionadores de picos suben a un intermedio. Desde la segunda cima se ve
prácticamente lo mismo que desde la primera. Por lo que hay que continuar con
unas trepadas ahora más fáciles, por corredores con “pasamanos” y pequeñas
chimeneas. La mole que tenemos justo delante es impresionante. Pero la subimos.
Son las dos y media. Cuatro horas hasta aquí. Todos los valles de la Reina y el
pueblo de Cigüera se nos hacen visibles. Vendríamos mucho más por toda esta
zona si no estuviera tan lejos. Lo más impresionante de esta altura es el
pavoroso abismo de su cara norte. Es un corte vertical que se desploma en un
canchal muchos metros más abajo.
En
el pico está la imagen de la Virgen de la Peña y una estatua del Señor
San-Yago, ambos muy protegidos del viento y las nevadas. Se está muy bien aquí.
Parece que el mundo está bien ordenado y que la gente podría llegar a ser
feliz. Pero se nos acaba la vena poética porque hay que bajar. Nos tiramos
hacia el camino que hemos encontrado entre las dos últimas cimas. Todo muy bien
señalado. Se agradece. Unos cuantos todavía seguimos a otra “pequeña” torre que
hay a la derecha de Las Pintas. La mejor visión de todo el profundo abismo en
forma de U. Hay quién se pone a especular sobre por donde bajaría sin cuerda
utilizando una larguísima grieta que acaba en una playita de hierba
insignificante. ¡Carri, valiente!
Nos
espera una larguísima y pesada bajada en la que buscamos la mejor manera de
superar las dos grandes cortadas. El camino es casi el único practicable.
Acabamos esperándonos en un árbol solitario en el que se cruzan sendas
ganaderas. Luego el camino no está nada claro y preferimos la conocida técnica
de “ladera abajo” para buscar un abrevadero por el fondo del valle y enfilando
el río entrar a una pista que baja a la parte oeste del Pueblo. Por el camino
algunos resbalones en la traidora paja seca, un corzo que huye de nosotros, un
rebaño de cabritinas jóvenes.
Entramos
en Las Salas seis horas después de haber salido. Nos comenta una pareja que el
pico más interesante y menos conocido es el Jairo. Anotamos para otra ocasión.
En el bar queda cervecita fresca. Nos acomodamos fuera y dentro. Cantamos
“amiguito que Dios te bendiga” al cumpleañero y a la joven cumpleañera.
Felices, contentos y con la preocupación de preparar el calendario del verano
que viene. Cuantas ideas, necesitamos
otros veinticinco años para llegar a todos los rincones de los Picos de
Europa, y por supuesto al Cuchallón de Villasobrada.
La
próxima semana una de bosque. Por Monasterio de Hermo nada menos. Un lujo de
excursión con el fayedo que empieza a cambiar de color. Subiremos, si podemos,
al pico Caniellas para bajar desde allí a Gillón. Y encontrarnos con gente que
nos viene a ver. ¿Nos encontraremos?
FRESINES
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