8 de
septiembre de 2012
¡Qué
nivel de rutas veraniegas llevamos! Esta vez cambiamos de escenario para ir
directos al corazón mismo de Ponga. Hoy en la fiesta de Asturias, la Santina
nos regaló un día espléndido y caluroso. Nos pegamos un madrugón porque Ponga
está lejos y, si podemos, para escapar un poco del calor en las horas
centrales. Por cierto que el intento fracasó porque nos cocimos en nuestro
jugo. Pero casi fue lo de menos. La ruta es de las que te engancha para
siempre. Todavía cierro los ojos y estoy entre umbrías en el bosque profundo, a
la orilla del Mojizo en un rincón totalmente perdido, sólo aptos para
románticos y sentimentales. Que esta era una de las rutas soñadas de Jorge, que
siempre quería meternos entre horros beyuscos. Y razón tenía.
Vale,
que el Grupo Las Xanas se atreve casi con todo. Vamos por pasos. Nueve y cuarto
en Les Bedules. Bien por el conductor que nos metió hasta allí, a pesar del
tráfico de todo terrenos que iban camino de la fiesta de Arcenorio. Una hora
menos de caminar. Pronto estamos en la fuente de Collada Granceno. Un paisano
mayor nos informa que la bajada a Llué está impracticable. Mal empezamos. La
fuente echa un hilín de agua. Que seca tenemos. La ruta está marcada como PR
283 con cartel y todo. Subimos a la Collada Viances.
Ahora
hay que girar claramente en dirección Sur, pues los contrafuertes del Sen de
Mulos no dan más opciones de camino. Esta parte es entretenida y a la sombra.
Charlamos amigablemente con nuestro amigo Vetusto. La fuente Les Files tampoco
está generosa de aguas. Por fin pasamos al otro lado entrando al valle de
Tolivia. Desde aquí la subida al Sen de Los Mulos está muy definida. El sendero
está muy bien señalado. Ahora tira en dirección Sureste. Llegamos a la Collada
Llampara a 1290. Aquí empiezan las dudas. Tenemos que seguir a la Collada
Reces, que se divisa unos trescientos metros debajo nuestro. Encontramos a
Rubén y a un compañero que también quieren bajar a Llué. Nos dicen que el camino
está bastante bien que hay paso... Pero
no conocen la bajada a Reces.
El
camino se perdió entre arboledas. Son las once y media. Exploramos por una
ladera: cortada. De frente, difícil. Se impone bajar por el bosque hacia la
derecha. Bajada bastante inclinada y de piso irregular. Unas cuantas revueltas
más abajo y unas trazas de sendero van llevando a otras y al final es una senda
principal que entra en la Collada Reces. El paso por el bosque es sensacional,
umbrío, tranquilo. A las 12 y cuarto en Reces. Dos cabañas en buen estado y un
sitio paradisíaco. Según los lugareños lugar de encuentros amorosos entre los y
las aldeanas.
Un
grupo de diez decide seguir a Llué. Hay que perder 350 metros. Entramos por el
helechal haciendo huella como siempre. Pronto termina y bajamos en lazadas muy
inclinadas por el bosque. Terreno malo que impide correr. Muchas fayas pero
también abedules y avellanos a medida que nos vamos acercando al pueblo. Se
hace larga la bajada. Hay una extraña fayona cuya raíz es un puro contrafuerte
vegetal y que termina por el lado de la ladera en una especie de cabeza de oso.
Otro sitio mágico.
En
una hora estamos abajo. Sorpresa. Hay una gran pradería en medio de todos los
montes. Completamente llana, limpia y preparada para la pación. Queremos
asomarnos al río. Estas dos chicas que llevamos son como apariciones. Estás
hablando con ellas y de repente, no están, se han ido al río. Entre ortigas
damos paso al río Mojizo, en una hoz curva muy impresionante, cerrada por los
inmensos paredones del Niajo. La llanada de Llué se abre por el oeste por la
estrecha foz del río Canalita. ¿Os acordais aquella vez que rodeamos el Cabeza
Mimales desde La Palanca, en Peloño, para ir a toparnos con este paso
imposible? Según Rubén, nuestro compañero improvisado, hay instaladas unas
cuerdas para cruzar el río antes de la foz. Habrá que intentarlo otra vez. Por
cierto esta pareja desapareció del mapa. Llegaron con nosotros a la aldea
abandonada y nunca más. ¿Más magia? La salida del río Mojizo termina en otra profunda
estrechura que sería curioso explorar.
Manuel
nos echa para arriba, que nos están esperando en Reces. Tiramos como posesos y
tardamos casi lo mismo que en bajar. ¡Claro, es que subir es más cómodo que
bajar! Breve parada y seguimos por la senda de Tolivia, ahora sí, bien marcada.
Seguimos por el bosque, la ruta es tendida, se hace fácil y seguimos escondidos
del inclemente sol. Por fin la aldea con
su cementerio y sus casas abandonadas. Cuánta historia entre estas cuatro piedras.
Por aquí subiría Martinón de Llué llevando a cuestas el oso cazado para
enseñarlo a los de Sajambre. ¡Y descalzo!, dice la leyenda. Lo mejor conservado
el hórreo beyusco.
Ahora
la senda sale a un claro en las estribaciones de la Peña Ñorín. Son todo
derrumbes y canchales. Sin embargo los constructores de la senda tuvieron la
paciencia y la sabiduría de trazar un increíble camino de bajada, con multitud
de pasos armados, buscando la roca para pasarla por los pocos accesos
practicables. Un problema: ahora bajamos por la solana. Caca duro. Mi
termómetro marca 32º. Lo compruebo con otros y la lectura es la misma. Qué sed. Nos bajamos a la Portilla del Jorcao. No
debería haber montañero alguno que no conociera este paso. El río Mojizo, que
discurría tranquilo en Llué, ahora es todo pasión y velocidad. A penas se ve en
el fondo del inmenso desfiladero. Salimos por el Puente Espina sobre el Mojizo,
que baja agitado 80 metros por debajo del puente. Si no estuviéramos tan
cansados y sedientos pararíamos más a empaparnos de paisaje.
Luego
queda la dura remontada hasta el Puente Vaguardo. Refrescada en el Sella. Buena
vista del Frailón y las Cuatro Monxines, iluminados por una luz esplendorosa.
Todavía unos tres kilómetros de carretera hasta poder pillar el autobús.
Llegamos con la lengua acorchada de la sed. Bajamos con el bus a Puente Huera.
Siempre nos acogen muy bien. Hoy se puede comer fuera. Cuando estamos en ello
llega la pareja perdida. Tuvieron problemas al beber el agua de Tolivia. Tienen
el coche en Les Bedules. Lito se ofrece a llevarles hasta que puedan localizar
un taxi.
Fue
una jornada extraordinaria en todos los sentidos. Unas siete horas sin parar.
Pero una gozada. Dos pueblos abandonados en nuestro haber, aldeas que tuvieron
unas dificilísimas condiciones de vida. El salto de Les Bedules al valle Torbeñu fácil y glorioso en sus vistas. Y luego todo
el recogedero de aguas del Mojizo, que es el auténtico desagüe de todo Peloño.
Una ruta de diez y punteado.
Este
sábado cambiamos de escenario. Vamos a conquistar el Cueto Ancino, o sea el
Huevo de Nocedo para que no se confunda nadie. Los leoneses lo llaman el K2,
por su forma y su dureza. Y digo yo que no será para tanto. Subiremos al Huevo.
FRESINES
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