Cuando
llegamos a Recoba, tras desviarnos por Riocastiello eran las 10 y media.
Llovía. Otra vez la misma situación que la semana pasada. Se sucedieron varias
chubascadas hasta el mediodía. Con más moral que el citadísimo Alcoyano
comenzamos la ruta. En la salida del pueblo un cartel avisa de la “ruta de los
pueblos abandonados”. La misma ruta está bastante abandonada: no hay ni una
indicación añadida a este cartel. La pista es muy buena. Sigue paralela al río
Bárcena.
Hacemos un amplio círculo, pasando por encima de un afluente
que atraviesa la pista para perderse en el río. Luego la pista se mete de modo
evidente por el valle. Un cortino de piedra en la parte que cae al río es la
prueba de que este bosque está habitado y que todos queremos el fruto de las
industriosas abejas. Al poco tiempo hay una bifurcación: empezamos a subir
suavemente por el sendero de la derecha. El camino está en muchos tramos
muriado para evitar la avalancha de piedras depositadas en la ladera. El camino
ha quedado casi en un paso estrecho porque la vegetación se ha comido más de la
mitad.
Llegamos a Curriechos. Cruzamos el río por unos tablones que
se han preparado convenientemente. Todas las casas están abiertas. Aquí hubo
vida durante siglos. Ahora todo está arrumbado por el tiempo y el abandono. Es
curioso que los trastos que encontramos por las cuadras y almacenes, una
segadora, unos discos, una bombilla... parecen aquí auténticos anacronismos.
Volvemos al camino. Ahora seguimos el curso del río Besapié.
Es una auténtica delicia. El río baja fuerte de agua, hace numerosas cascadas y
pozas. El bosque de ribera está sembrado de cortinos para conservación y
aprovechamiento de las castañas. Una gran cascada se cruza sobre la pista. Otras
riegas caen al río. El paso se hace necesariamente cadencioso, el andar
caviloso, todos los sentidos abiertos en plena fusión con la naturaleza. Hace
rato que no llueve, e incluso algunos rayitos de sol alegran la vista.
El sendero gira 90º para encarar la aldea de Besapié. Chubasco
fuerte. Aldea en fuerte pendiente. Otras ocho casas. Sólo las abejas dan
muestras de estar vivas. Mudos testigos del pasado son los larguísimos
ringleros de murias que enmarcar la pradería y evitan avalanchas. Construcciones
heredadas del neolítico. Inmensa labor la de estos buenos habitantes de los
valles. Besapié, bonito nombre.
Subimos a su collada. Está pindia. Se avista desde aquí la
carretera del puerto del Palo y el largo valle del río Navelgas. Es lo último
que pudimos ver. La niebla espesa invade todo por los entrantes de los
profundos valles. Subimos con esfuerzo por las sendas del ganado. Cuando nos
creemos en la cumbre empieza nuestro calvario: el pico está mucho más allá, o
esa impresión nos parece, y hay que seguir subiendo de modo continuo por toda
la cumbrera. Pasamos por el Renazo de Cabra. En otras condiciones nos daría
igual. Pero se nos va a juntar todo: a la niebla se añade una fuerte cortina de
agua, y al poco rato un viento en rachas heladas que mina nuestra hoy escasa
moral.
No hay más remedio que seguir. La ruta continúa bajando por el
otro lado del pico. Las manos tornan a color malva. Hacen falta guantes. Los
paraguas son puestos a prueba y unos cuantos pasan a la reserva. Llegamos a la
cumbre con su bonita cruz de la Victoria pintada de amarillo. Apenas miramos
nada. El día no está para bromas y estamos bordeando los cero grados. Hay que
descender rápido para recuperar temperatura.
Nos vamos pitando orientados por las lagunillas. El camino
tiene que estar a la izquierda más o menos por el fondo del valle. Bajamos
agrupados, la niebla puede ser un problema. Encontramos el buen sendero que
baja en dirección este de modo continuo a desembocar en la pista. Los ríos son
hoy caminos de agua. El agua ha estado hoy omnipresente. En el cielo, en el
aire, en el bosque, en el suelo... Difícil defenderse de tanta invasión. Fuimos
felices en el bosque, sufrimos en la cuesta, penamos lo nuestro en la cumbrera
de la Sierra de Fanfaragón. Creo que hoy tocaba eso.
Varias vueltas y revueltas más abajo y después de pasar por
una casería en explotación, repleta de maquinaria agrícola, pisamos la
carretera asfaltada que termina en la ermita de Recorba.
Comemos en el bar del mismo pueblo. La gente es amable y nos
atiende bien, seguramente pensando en el frío que hemos pasado. Y ya van dos
seguidas. Algún día parará de chiscarnos este abril de aguas mil. De momento la
prósima semana vamos a intentar una vez más, el Priniello en Amieva. Si
tuviéramos la suerte de que se viera algo es un sitio increíble para observar
la mecedura del Dobra, el Pelabarda y el
Junjumía cayendo desde las lejanas alturas de Vegarredonda. El grupo lo intentó
más de una vez. Esta puede ser la definitiva.
FRESINES
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