31 de marzo de 2012
Cuando bajamos del autocar en Vega Sebarga tuvimos que desandar unos trescientos metros hasta la embocadura del río Melón que desciende del Valle de Carnedes. El río baja con poco agua. En algún momento se sume antes de deshacerse gota a gota en el Ponga. La pista ganadera es ancha y cómoda. En la primera bifurcación de la derecha seguimos un buen camino empedrado. Hay una segunda bifurcación que no seguimos. Este camino empedrado está algo abandonado porque los escayos y las rodadas se han convertido en dueños del paso. Salimos de nuevo a la pista hormigonada que sube a las cabañas. Llevamos subidos ciento sesenta metros en media hora.
Por la pista el avance es más rápido. Subiendo de prado en prado llegamos a una cabaña grande, la segunda que pasamos. Empezamos a ver siluetas. No se ven más que manchas negras por la potente luz solar y la bruma que desdibuja los contornos. Pero el Canto Carbonero y la Peña Beza se distinguen a la perfección. Y que decir del Pierzu acompañado de la Huérfana y nuestra conocida Peña Siña. Al oeste asoma potente y nevado el Tiatordos y empieza a mostrarse la Llambría. Todo este circo coral suena como una voz que canta la hermosura de la tierrina asturiana.
Cuando llevamos una hora de marcha por pindia pradería alcanzamos la tercera cabaña. Trescientos veinte metros sobre el mar. Queda mucho recorrido. Saltando una pasadera llegamos a una cuarta y luego a una quinta edificación. Altitud: 450 m. Hora y media. Sendas y caminos van salvando las sebes y las hondonadas. Cuando estamos casi en la loma de Trebandi, en la mayá de su mismo nombre encontramos dos enormes cuadras bien construidas, activas, vivas. Aquí la ganadería sigue en actividad. Vemos un nido habitado. Ya sabeis: “ En abril, hueverín”.
Último recuesto que superar. Al fin en Trebandi. Dos horas de marcha y quinientos sesenta metros con la mochila pegada a nuestra sudorosa espalda. Pero nos sentimos ligeros, el aire es puro, el sol tuesta ligeramente, se divisan, limpísimos, la Peña Santa y sus adláteres. Un breve descanso para afrontar lo que queda de subida. Un cerrado aplauso para María nuestra joven acompañante. Ella se retira a buscar la pista que baja a Caño. Va en buena compañía.
Cuando reemprendemos la expedición, entramos ahora por una senda rompe piernas, porque ha servido para desbrozar el monte, y el agua y las caballerías la han sembrado de baches y desmontes. Pero logramos rodear una alta loma que creemos que es el Cantu Espino. Las cotoyas hace rato nos recuerdan que somos unos invasores de su medio. Bueno, se lo recuerdan más a los de la patita al aire. Por presumir, toma ya.
Ahora tenemos la Mota Cetín por su lado norte. Una perspectiva inédita, sin duda. No estamos acostumbrados a ver su silueta por esta cara. Ya bordeado completamente este arisco Cueto Espino hemos llegado al siguiente cambio de vertiente. Es la Colladiella. Desde aquí es fácil subir el pico La Sierra de 851 metros. Dejamos de lado El Cormelón porque se nos hace tarde. Mejor seguir todo el cordal por el senderillo del ganado. Pasamos un pico intermedio. Estamos bordeando el bosque Selgueiro por su parte superior. Una breve bajada y estamos encima de la pista forestal. Los seis de la cabecera de ruta van desaforaos por llegar pronto. Los demás nos organizamos atrás y conseguimos igualmente llegar a La Cogolla, 837 metros de altura. A penas tiempo para un par de fotos. Salimos volando que hoy funcionamos como tres grupos en uno. El Cantu Trebandi que recorrimos hace años en una potente sierra que nos separa del Sella. Bajamos hacia una parte limpia de escayos y siguiendo el camino por un pinar potente de crecidos árboles, amenazados por la terrible procesionaria del pino. A partir de aquí pista descendente. Unos por ella y otros siguiendo la cuerda de cimas acabamos todos encontrándonos en las inmediaciones de La Roza.
Seguir toda la pista nos obligaría a dar una gran vuelta. Así que cortamos por una gran pradería y un pequeño sotobosque que nos acaban sacando a las viviendas de la parte alta de Cangas de Onís. Atravesamos entera la villa. Hasta la estación de autobuses. Hay hambre y sobre todo mucha sed. Con algunos nervios por la espera montamos en el autobús que nos traslada a Caño, al restaurante La Barca, donde nos esperan los cinco acompañantes de María, escapados de la general.
En tan agradable sitio, disfrutando del fresco, pasamos el rato entre chascarrillos y buena conversación. Sobre las siete de la tarde volvemos al vehículo. La ruta de hoy nos ha resultado algo larga. Hoy tampoco habrá una paradilla sidrera. Por imperativo autocaril. Estamos perdiendo las buenas costumbres.
Y ya metidos de lleno en la Semana Santa tenemos el sábado una muy buena ruta por terreno conocido. Cuando el año pasado ascendimos a la Peña Ladines (glorioso día no exento de precipicios y bruscos descensos), de lejos podíamos ver la Foz del Raigosu. Ahora queremos ir desde L’Acebal a la Foz de Covellayo para subir al Pico Gargallones y volver luego al lugar de partida. Ya superados los calores de días pasados podremos hacer una muy agradable excursión.
FRESINES
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