36 de MAYO de 2014
Hacía tiempo que no visitábamos
el Cares de una forma relajada. Normalmente siempre lo pillamos al final de una
ruta y después de bajar mil quinientos o mil ochocientos metros, la senda del
Cares se convierte para nosotros en un pasillo que hay que liquidar cuanto
antes y más, teniendo en cuenta que vienes de estar en la extrema soledad de
los picos, y al llegar aquí abajo te metes en la aglomeración.
Pero hoy era el día para
disfrutar de esta larga senda. Así que con autocar grande, niños y adolescentes
incluidos, salimos de Posada con un reluciente día de sol que ya anima lo suyo
en esta nuestra actividad pedestre. Nos
organizamos bien y todo está bajo control. Salimos al Mirador del Tombo. Las siluetas
de montes conocidos como la Pica de Asotín y la de otros menos conocidos como
el Jancao nos valen para discutir un poco, que nos gusta. Luego la incisiva
pregunta del preguntón nos pone a buscar la Aguja María Luisa en aquel caos
desorganizado de cumbres. La encontramos. Los ojos se nos van a la plataforma
de la nevada Palanca.
Seguimos hacía Corona. Breve
tramo de carretera y la gozada de cruzar por majadas que estallan de verdor.
Estampa inolvidable. Casi más guapo que el resto que nos queda por ver. Pequeña
duda y salimos por el Puente Santiján a la carretera. El Cueto Agudos impone su
rotunda silueta y obliga al río a doblarse en un tajo difícil de atravesar
hasta para las bravas aguas. Vamos muy atentos a las canales de bajada. Los
estratos de roca de la garganta son alucinantes. Quebradas, plegamientos, puro
plástico en manos de un alfarero loco. El agua gotea por numerosos huecos de la
pared.
Paramos en Caín. Este pueblo de
pastores ha sufrido una profundísima transformación. Ahora el maná somos
nosotros, el turismo. Todo se ha convertido en servicios, y queda poco de
aquella aldea de la que hablaba Saint-Saud llena de piojos, en la que la gente
moría joven. Amigos, esto es el progreso.
Vamos a los Llanos, atravesamos a
la otra margen; mucha gente. Pero no estorba. Es más nos alegra ver que el
turismo de naturaleza ha tomado una fuerza inusitada y que la filosofía es que
lo natural es un bien de todos y para disfrute de todos, si es que sabemos
medirnos un poco (creo que más bien, no). Volvemos a atravesar por encima de la
presa. La salmonera que hay trazada es inútil por lo empinada que está.
Dimos en el autocar una hoja guía
del Cares que nos ayuda a ver detalles singulares que no se suelen apreciar.
Así en el primer túnel, al abrirse el mirador se ven los agujeros trazados para
construir una nueva salmonera de madera.
Pero lo que de verdad obsesiona a
este esforzado y valiente Grupo de Montaña son las canales. Todos los difíciles
caminos hacia las cumbres, de nombres míticos. Los caminos antiguos, las
complicadas sendas mineras… Arzón, Las Puertas de Moeño que se ven desde Caín,
La Jerrera, Oliseda, la riega de Hojas (esta la subimos el año pasado),
Dobresengos, el cuchillar de Mabro, Ría, la Cueva de Cámara, Trea (para el año
que viene, espero)… y tantas que me dejo en el tintero. Mención especial de La
Tranvía y el camino viejo a Bulnes que alguna gente tiene muchas ganas de
recorrer y que, espero, lograremos pronto.
La ruta es una sucesión de
discontinuidades, el agua excavó el lecho de la roca y sigue haciéndolo. Un
geólogo me cuenta que ha comprobado que rocas recientes en su proceso de
meteorismo han quedado 90 metros por encima del cauce actual del río. Significa
que la erosión del río continúa con fuerza. Es curioso por dónde lograron meter
la canal del agua. La senda (cincuenta años posterior) a veces se encuentra por
el camino, a partir de Culiembro va por encima de él, pero en lo profundo y más
estrecho del desfiladero circula por debajo de nosotros. Teniendo en cuenta que
la caída desde Camarmeña tiene unos setecientos metros, qué estudio tuvieron
que hacer aquellos ingenieros vascos. Que trabajo el de aquellos 45
cabraliegos, que atados a cuerdas tendían puentes, rompían la roca, dominaban
la bravura del agua. Setenta y un puentes salvan el incesante paso del agua.
El camino está armado, incluso
con altos arcos en forma de puente, en muchos tramos. Mirando hacia atrás de
vez en cuando, se ven muchas cosas. Por ejemplo, lo peligrosísima que es esta
senda con pavorosas caídas sobre el abismo. En la Huertona argayó. Lo
arreglaron con un puente clavado en la roca. Podrían cobrar un simbólico euro
por cruzarlo. Han tenido el acierto de dejar una parte del suelo con rejilla
para que la gente entienda que está sobrevolando el río que divisas 100 metros
por debajo.
En Culiembro descansamos un poco.
Aquellos cabrones están enseñados a pedir comida y meter el hocico en las
mochilas. Otra posible ruta: Subir por La Raya hasta Ostón y bajar por
Culiembro. Habría que ojear primero como está de vegetación la inclinada canal
primera. En la Viña el espectáculo de los espectáculos es ver la surgencia de agua
del Farfao, que brota intenso, en chorro potente, con aguas prácticamente
blancas, enfriando notablemente la temperatura de las del río. Un regalo de los
Traves.
Una sección se desgaja del resto
y baja por la ladera al primitivo camino que sigue junto al río. Tiene su cosa
delicada por la posible caída de piedras provocada por las cabras. Pero bajan
en un pis-pás y sin ninguna duda. Subimos Los Collaos, con su famosa piedra en
forma de bulbo, pasamos a la altura de El Joracao, famoso arco de una sima que
quedó al descubierto cuando el río hizo su labor erosiva. Juro que nunca lo he
visto y tendré que fijarme la próxima vez.
Bajamos a Rexes y la Trapa sin
más novedades dignas de mención. Antes habíamos pasado por el puentecillo de
madera que salva la riega de La Valuga. Hay una compuerta de regulación, y el
tramo de canal está también aquí numerado. Aquí se ve muy bien el valle glaciar
que abrió en principio este hueco de forma suave y continuada, antes de que el
río loco de furia por estar preso entre rocas, rasgara el bonito valle
excavando un tajo tan profundo que casi no se ve el surco del agua. Como uno no
tiene otra cosa que hacer y vino aquí en el día de hoy, nada más que a
contemplar, le dio por contar las curvas de la senda resultando a la derecha 41
revueltas y a la izquierdas o cóncavas treinta y ocho. En fin que los que
trazaron la senda eran gente superior.
Lo hemos pasado muy bien. La
comida en Poncebos es muy agradable. Nos queda el itinerario geológico de la
senda del Cares, porque siempre hay que dejar algo pendiente para tener la
excusa de volver. Lo importante: que la próxima semana tenemos otra maravilla
natural con el río Casaño como protagonista único. Bajamos al Hoyo La Madre, en
un auténtico privilegio para los que se atreven a meterse en las honduras de
los Picos de Europa. Advertencia: habrá barro probablemente.