5 de julio de 2014
Retomo estas croniquillas
montañeras después de un breve descanso de esta tan intensa y absorbente
naturaleza astur. Esta vez toca el Derrabau. ¿Os acordáis de aquella famosa
subida de hace varios años en la que los helechos nos superaban en altura? Pues
esta vez nada de nada. Fue una excursión de lo más placentera y los helechales
por lo que pasamos eran de tamaño normal. A diferencia de aquél fatídico día,
en vez de niebla lucía un sol tímido, pero más que agradable.
Y es que a esta expedición le
habíamos cogido mucho respeto por lo dura que resultó aquella vez que no
pudimos ni culminar nada por que no se veía ni dónde estábamos. En esta ocasión
la cosa nos salió de cine: Empezamos con mucho gusto por la cascada de
Aguasalió, impresionante como siempre. ¡qué bien cuidado tienen los del hotel
este entorno!. La subida a Rubriellos es fácil aunque empinada y nos hace sudar
casi de inmediato. El pueblo abandonado conserva una enorme dignidad plantado
en aquellas soledades en una abrupta ladera de caídas estrepitosas. Al menos
alguna cuadra sigue en uso para el ganado.
Esto nos da esperanza: el camino
está abierto y es practicable. Seguimos subiendo sin tregua alguna. Se marca un
ritmo bastante fuerte. Esperamos una sorpresa más arriba alrededor del árbol y
la riega donde en aquella ocasión perdimos el camino. Hoy, sin embargo, no hay
ningún misterio: el camino está bien trazado aunque hay que salvar alguna
trocha con ramas cruzadas, que se supera con facilidad. Y casi sin darnos
cuenta estamos pegados a aquella fastidiosa cerca de espinos que salva al
ganado de un despeñe más que evidente. Nos pegamos a la cerca: el camino va
gateando por esta pradería. ¡Llegamos por fin al Derrabau! Qué lugar más
gozoso. Dominamos toda la ladera de enfrente por la que están subiendo Isa y
Lito: la senda del Cartero y el camino de la Verganza, que suben y bajan a
pueblecitos colgados literalmente de las laderas, aprovechando las escasas
repisas que los beyuscos supieron aprovechar tan bien. Viboli, Casielles,
Biamón, San Ignacio… nombres míticos para los montañeros entregados. Todo un
espacio delimitado por dos gigantes: El Carriá al Norte y el Niajo al final de
la inmensa garganta.
A penas paramos en el Derrabau.
Casi inmediatamente la gente está lanzada monte arriba. El Jucantu nos espera.
Los más se lanzan a pelu gochu ladera arriba. Sólo quedamos cuatro moderados en
este grupo, o casi los que no podemos con los congojos… pero finalmente estamos
todos arriba, incluso la chica de Zamora que hizo un esfuerzo más que
sobresaliente para superar su mal día. Estar aquí arriba es olvidarse del
mundo, dominar desde arriba comprobando, una vez más, lo salvaje que es todo
este concejo pongueto. Detrás nuestro el Valdepino asoma como una tentación
lejana. Y más allá El Cabronero y la Peña Beza, tan formidables.
Nos queda mucho por recorrer todavía
así que empezamos a bajar. Algunos suben al cercano La Cabritera, para bajar a
continuación juntos a atravesar la riega
de Lloés. Pasada la fuente entramos en el bosque. Se abren varios senderos
todos bien pisados que bajan al valle. Los caminos se acaban juntando más abajo
pero al llegar al hayedo se pierden y hay que bajar ladera abajo haciendo
pequeños zig-zags en un terreno poco estable y tapizado de fueya muerta.
Llegamos a lo fondo. El bosque es bellísimo y está estrenando la hoja nueva.
Cruzamos la torrentera seca para salir al otro lado a volver a subir buena
parte de lo que hemos descendido. A lo lejos se adivinan las praderías verdes
de Baeno. El camino del track va algo más arriba. Porque pasamos por una
primera majada derruida y tiene que estar comunicada con la principal. Bueno,
pues nos buscamos la vida. Saltando varias cercas acabamos en una buena pista
que nos conduce a Baeno donde ya en franco descenso conectamos con la Cabaña
derruida y las marcas azules que señalan el inicio de la bajada del Sedo la
Cruz del Picu.
Este inicio es hermoso se mire a
donde se mire. Sus caídas son vertiginosas pero el camino es bastante bueno y
tras atravesar algunos pedregales se interna en el sotobosque que poco a poco
se va espesando ofreciendo sombra. El aire no corre, hace bastante calor y
tiramos abajo sin apenas parar que la ruta está saliendo larga. Nos queda el Puente
Rampión, paraje de extraordinaria belleza (la apreciaríamos más si no
estuviéramos tan cansados). Nos quedan varias revueltas de monte antes de salir
a la curva de la carretera. Un par de Kilómetros de asfalto para llegar a
Puente Vidosa donde nos encontramos con refrescante agua de las pozas para
enfriarnos por fuera y alguna bebida para lo mismo por dentro. Siete horas y
media. Pensábamos en que iba a ser menos pero el recorrido era largo, a tramos
salvaje y perdido y tiramos 1200 metros de descenso que no está nada mal. Las
piernas se resienten del esfuerzo.
Nuestro verano montañero comenzó
aquí. Ahora todas son rutas “A” hasta octubre. No nos podemos perder ni una. La
siguiente que tenemos es otra de las que la niebla jugó con nosotros. Se trata
de subir al Pico Gildar desde Panderruedas pasando por el cercano Cebollera, en
la aproximación. Es el mejor mirador de los Picos de Europa desde el Sur. La
mejor vista de los Moledizos y del Friero que se pueda contemplar. Así que
nada, recuperados del esfuerzo del otro día, hasta la próxima paliza que sin
duda nos caerá encima.

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