19
de octubre de 2013
La
pasada semana no hubo ruta, ya sabéis. Una montaña lejana y la gente con muchas
ocupaciones no lograron suscitar la magia que nos atrae una y otra vez a la
montaña. Pero esta semana nos desquitamos. Teníamos un grande, nada menos que
el Vízcares, orgulloso monte enhiesto en la
Sierra de Aves, vigilante atalaya de cuanto acontece en las
tierras piloñesas y alrededores.
Así
que, estrenando un autocar de 22 plazas de Jano, bien, pero con algunos
problemas de maletero entramos por Ríofabar en el bosque de La Pesanca, misterioso y lleno de vida,
como siempre. Queremos subir por Degoes en vez de por la conocida ruta del
collado Traslafuente. Los exploradores no encuentran el paso del río. El GPS
está acatarrado y nos señala senderos por el Campo San Francisco de Oviedo. Así
que probamos a buscar el puente, que finalmente aparece tras la primera casa,
tal como venía en la descripción de la ruta.
Empezamos
la penosa y larga subida por el monte Degoes. Las primeras cabañas están al
alcance de la mano. La naturaleza ha hecho su selección y hay numerosos árboles
viejos tumbados en el suelo con el cepellón al aire. No aguantaron la última
nevada. El hayedo sombrío y húmedo nos priva del sol de otoño. Un vientecillo
constante nos refresca la subida haciendo que las paradas sean breves. Dos
horas de pelea con la cuesta. No se termina nunca y eso que el camino está muy
bien trazado para suavizar las pendientes. Recorremos de abajo arriba todo el Valle
Luiña, espeso bosque que te hace sentir parte de la naturaleza. Finalmente
acabamos por salir del hayedo. La larga y pelada cuesta es lo que nos queda por
subir.
Con
dedicación y adelante. Seguimos dale que dale por el monte subiendo la cuesta
de Llebrada y descendiendo un poco llegamos a la escondida majada Llebrada.
Lugar solitario como pocos, protegido de todos los vientos. Breve alto en el
camino que tenemos que reponer fuerzas ante la escarpada cuesta que nos separa
de la línea cumbrera. Por el camino o en transiberiano acabamos alcanzando El
Canto Praón, antecima del gran Vízcares. Todavía hay que subir un poco más,
superar el Fayasgal para poder pisar la
cumbre piloñeta. Hay una tarjeta del Ensidesa. Pablo y Alicia estuvieron aquí
la semana pasada, pero no dejaron huella. Hasta aquí tres horas. Nos ganamos un
descanso y una buena contemplación. Cualquiera diría que estamos en el centro
del mundo. Todo está aquí a la vista, la lejana Peña Santa que Manuel y Miguel
hollaron la pasada semana. Pero más cerca el Canto Cabronero, la Mota
Cetín y el cercano Valverde, marcando la cabecera del río
Color que algún día habrá que remontar. Más al sur está la inconfundible
Llambria, el picudo Maoño, a cuya base norte llegamos un día un grupo de
expedicionarios que no pudimos pasar por la impresionante ladera.
Hacia
el mar, a la izquierda del Sueve se ve un objeto grande y brillante entre las
brumas marinas. Dicen que es un barco y algo así debe ser, porque Burdeos está
más lejos. Peña Mayor, con el Múa, la
Xamoca… Y cerrando la vista por el oeste la Sierra del Trayán que atravesamos por
su pasada el día que subimos (dura, dura ascensión) desde la Foz de los Maserones. Desde este buen
observatorio del Vízcares nos dedicamos a observar los senderos que se adivinan
por el monte Moñacos, intentando trazar el camino por donde bajamos. Es una
maravillosa sucesión de valles, pandas y foces que recrea la vista y expansiona
el espíritu. Todavía no han empezado los colores del otoño a vestir el bosque.
Vamos a bajar.
Una
muy original bajada con destino final en La Fragua.
Vamos deshaciendo el camino: Fasgayal, Cantu Praon, Llana Herbosu,
Cueto Mermejo. El joven Francisco Javier, nuestro “Lavín”, los sube todos, ¡qué
hambre de monte! En el Cueto Mermejo las guías aconsejan tomar el descenso por
la izquierda para acabar en la preciosa collada Llanoriu. Rodeamos el Pico
Collado. Nuestra meta es visible desde esta altura. Nos quedan 600 metros por bajar. Las rodillas
se quejan, pero el camino es bueno y vamos penetrando en el Monte Marbán, donde
predomina el roble y el acebo. Si te quedas en silencio un rato te sientes
inundado por la luz que se filtra. Preciosa y larga bajada que va serpenteando
por toda la ladera.
Al
final de la senda un pequeño puente da acceso a las primeras casas del pueblo
donde podemos cambiarnos rápidamente. Bajamos a comer al bar Vízcares de
Espinaredo, como no podría ser menos. El tiempo es tan agradable que juntamos
mesas en la terraza. Da tiempo para una buena sobremesa. Es otro momento mágico
de la montañera excursión. Fueron seis horas para salvar un desnivel de 1.119 metros, que nos han
llenado de satisfacción. Siempre hay que volver al Vízcares en otoño.
Para
el día 26 tenemos una preciosa y fácil expedición con un desnivel de 400 metros de subida y setecientos
de bajada. Lo interesante de esta ruta es que transcurre toda ella por el
bosque leonés, cuyo otoño está más adelantado que el asturiano. Se parte cerca
de Villablino en La Matona
y terminaremos en Rioscuro. Peña no está así que para apuntaros los que no lo
hicisteis el sábado pasado llamarme al 692 510 114 o al correo fresines@telecable.es , en donde
acusaré recibo de vuestros mensajes. Hasta el sábado.
FRESINES
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