26
de enero de 2013
Terminamos
con buen acuerdo la Asamblea anual y como no podemos parar, al día siguiente
tenemos ruta. Esta no es montañera, pero tiene también su complejidad y una
total belleza. Empezamos por el tiempo meteorológico: está despejado. Después
de la gran, gran mojadura del día del Monsacro, hoy tenemos este regalo de día.
Hasta hace sol. Se llega en un suspiro a San Pedro de la Ribera, gracias a las
obras terminadas de la autopista del Cantábrico.
Primera
parada: Villalegre. Terminamos de recoger a la última norteña y nos disponemos
a vivir una nueva aventura, plena de naturaleza, plena de aire y mar. Nuestra
siguiente parada en el camping de San Pedro de la Ribera, justo donde terminamos
el año pasado cuando nos asomamos a las playas de Oleiros. Este concejo de
Cudillero está plagado de playas escondidas, acantilados profundos y ensenadas
procelosas. Teníamos muchos recelos sobre la manera de llegar al cabo Vidio.
Pero la verdad es que Peña se lo curró y la jornada entera salió a la
perfección sin apenas vacilaciones sobre la buena dirección a seguir.
Desde
el aparcamiento empieza un largo camino junto a la valla del camping que va
ascendiendo sin parar hasta penetrar en medio del eucaliptal. Pero el camino
está libre y a través suyo llegamos a las primeras casas de Riego Arriba. Un
nuevo camino nos encamina en dirección a la playa y puerto de Castrillón. La
primera playa que podemos ver desde arriba. Es preciosa, de un azul intenso con
esta suave luz. El mar está en calma en marea alta todavía. Avanzamos un poco
más hasta encontrar una gran cetárea, cuyas piscinas rebosas del bueyes de mar
de tamaño respetable. Toda esta zona es conocida por la calidad de sus
mariscos. Junto a la cetárea se abre un túnel estrecho para pasar a Puerto
Chico, que es un sitio soñado por los buceadores aficionados. El empleado de la cetárea se desvive en
darnos oportunas explicaciones de cómo llegar por La Barrera a Vidio.
Así
que seguimos un rato por la ascendente carretera para desviarnos casi enseguida
a la derecha en dirección a la Punta del Gallo. Si uno mira la foto aérea de
todo el saliente de cabo Vidio es como una gran cuchara invertida, pero llena
de puntas y resaltes rocosos encastrados en el mar. Hasta dieciséis puntas he
contado en la perspectiva que nos da Google. Alrededor de la Punta del Gallo
están las playas de Sable, San Cidiello y Gradas, todas inaccesibles,
encerradas por acantilados de 80 metros de altura. Un conjunto de varios
islotes y un más grande, El Orrión, cierra esta playa de los embates del mar
abierto. Una vez que estamos a la altura de San Cidiello doblamos nuestro
itinerario hacia el oeste hasta llegar al mirador de Peñadoiro, en la margen
opuesta del promontorio. El faro Vidio está a unos doscientos metros.
Refugiados
en su pared oeste hacemos las fotos de “cumbre”. Peña nos había predicho que
era buen sitio para ventilar todos los bichitos que pudiéramos llevar. Se quedó
corto y eso que el día estaba manso. Según lo lugareños el viento es una
constante tal que esto parece la costa de Irlanda. El mar golpea mansamente muy por debajo
nuestro. El sol nos regala su calor. No podemos pedir más.
Avanzamos
hacia la playa Peñadoiro de nuevo. Seguimos un camino paralelo a la carretera,
para evitar su monotonía. Estamos por encima de la Playa de la Cueva, conocida
por la gran bóveda llamada La Iglesiona, que labró la marea en su continua
acción erosionadora. Al llegar a Riego Abajo bordeamos el pueblo por el oeste.
La mitad del grupo siguen a Lito por la carretera. A partir de aquí les
llamaremos “los del asfalto”, porque siguieron hasta Castañera carretera
adelante, incansables ellos.
Nosotros
más en el track (los tres GPS están en nuestro poder) seguimos en nuestro
propósito de pegarnos lo más posible a la costa, en este caso a la punta El
Gallo, que no vemos, ni tampoco la playa de Vivigo que rodeamos por encima. El
camino que llevamos gira bruscamente al noroeste al encontrarse con el arroyo
de Vivigo que se va desplomando, rico y abundante en aguas hacia el cercano
mar. Su fuerza es aprovechada por dos molinos. El primero, el molino de
Pudencio, se eleva sobre una riega lateral soltando el agua desde una alta
represa. El segundo, el de Pulido, es una pequeña edificación edificada en roca
directamente sobre la playa. Muy bellos los dos.
¿A
qué habíamos venido, a acercarnos al mar? A pié de playa lo tenemos. Es la
playa de Vallinas o del Gallo, estrecho corredor de 900 metros de longitud.
Playa de cantos, paredes de cuarcita oscura, son unas constantes de toda la
zona. Se hace fatigoso caminarla. Las amarillas espumas reposan fatigadas en la
orilla batidas por una fuerza incesante. En algún momento miramos con recelo a
las olas que amenazan con cortarnos la playa en dos. Desemboca en cascada el
arroyo de Vallinas sobre la misma playa. Algo más allá lo mismo sucede con el
de Valdredo. En el extremo está la punta Esquilón con una airosa escalera en la
que nos están esperando.
Por
la Llosa de Burón enfilamos el siguiente acantilado. El senderín recién limpiado,
avanza casi pegado al borde. Literalmente estamos sobrevolando la playa de los
Negros. El que no haya visto esto desde aquí
no conoce toda Asturias. En el horizonte próximo está la isla Fornón. Un
paso en falso en el acantilado sería fatal. ¡Señores, estamos haciendo montaña!
Ni una travesía sin sus cotoyas. Al llegar a la redondeada punta Rabillín
hacemos un descenso tipo “xanas” sobre barro deslizante para saltar el arroyo
Lindebarcas.
Por
camino hormigonado se llega a la punta Noceda, en donde siempre hay pescadores.
Tenemos que retroceder al sur, replegarnos a Novellana (donde nos espera una
cerveza bien ganada). Se podría terminar la ruta haciendo una gran ese por la
carretera. Pero esta posibilidad desvirtuaría nuestro propósito inicial de
pegarnos a la costa. Así que volvemos camino del norte haciendo de tripas
corazón pensando todavía en cuatro kilómetros más. Pero en realidad es mucho
más corto el final de ruta. Casi en un momento subimos para poder bajar para
echar un vistazo a los bellos arcos tallados por el mar en la playa de La
Barquera. Nada más subir dominamos la vista de la playa Gaviero o del Silencio.
Es probablemente la más bella de todo el occidente. El mar impone su ruido
sobre cualquier otra cosa. El combinado de islotes cierra su boca por sus dos lados. Inmensas paredes de
cuarcita marrón brillan al sol mortecino. Nuestro único disgusto del día es no
tener tiempo para bajar a sentarnos a la orilla del mar y para contemplar el
silencio... Un kilómetro todavía y
llegamos a Castañeras.
El
grupo del asfalto nos está esperando hace rato. Se les hizo pesada la amplia
vuelta. El autocar está aparcado junto a un antiguo aserradero de aspecto
decadente. Volvemos a comer a Novellana, al bar que tiene tres precios distintos
del café según la amabilidad con que lo solicitemos. Por si acaso vamos a ser
especialmente amables.
Este
trozo de costa es verdaderamente impactante. Quisiéramos volver sobre todo en
un día de temporal de mar. El primer sábado de febrero la ruta que queremos
hacer es la del conde Coalla, en el concejo de Grado. Puede que se acorte, pero
en principio hay que salir de Bailache pasando por Santo Adriano del Monte para
bajar a Cualla. Hay barro en abundancia, estáis avisados.
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