lunes, noviembre 08, 2010

EN EL CORAZÓN DEL MONTEGRANDE DE TEVERGA

6 de noviembre de 2010

Comenzamos a caminar en el Puerto Ventana. Luce el Sol, la mañana está fresca y limpia. En muy poco tiempo entramos en el corazón del bosque. El hayedo está ya adelantado en su muda de color. El suelo es un tapiz de hojas marrones y tostadas. Vamos bajando lentamente hasta la majada Las Cadenas. Aquí la presencia humana fue muy importante y nos quedan algunas buenas cabañas y los corros, un ejemplo prodigioso de construcción popular. Con los elementos que ofrece el entorno sobre todo la piedra caliza, y una vieja sabiduría adquirida a base de pruebas y de errores, alzaron estas pequeñas edificaciones camufladas con el paisaje de tal manera que el techo es una cubierta vegetal viva. Además en estas majadas teverganas los techos se hacían con piedras redondas, no con lajas como en las Navariegas, y se tapaban con tapines para sellarlos. Un prodigio de construcción que nos viene heredado nada menos que de las culturas castreñas. ¡Y qué abandono en el tiempo! Parece mentira que estas construcciones sobrevivan a su albur...

Continuamos bajando. Ahora acompañamos al río Páramo en su eterna bajada al valle. El riachuelo canta, la sinfonía es total. Este rumor del bosque adormecido al sol nos reserva la sorpresa de la vida que anida por todas partes. Antes de desnudarse, el bosque se viste de dorado para admiración de sí mismo. Nosotros nos sentimos los intrusos. Caminamos tranquilos entre fayas que se retuercen en escorzos imposibles. Aquí una faya centenaria, allí tres troncos que se abrazan en una promesa de fidelidad eterna... En efecto el bosque es intemporal y se nos ha dado la oportunidad de sumergirnos en él.

Por un momento abandonamos el río. Subimos brevemente en busca de la senda que baja hacia la Villa de Sub. Una vez que nos metemos en ella cambia el panorama totalmente: entramos en un inmenso robledal de altísimos ejemplares de roble albar. La mayor mancha forestal de este tipo en Europa. Un ecosistema total que vive en equilibrio permanente con el suelo, el agua, los animales que lo habitan, los impresionantes líquenes que cuelgan como luengas barbas, las setas y hongos.

En algún momento caminamos junto a la estrechura del río encajonado entre rocas. El murmullo del agua es toda una sinfonía. Nos acordamos con pena de gente que conocemos condenada a vivir en el estrés de la gran ciudad. Aquí todo es tranquilo. La armonía es fundamental. Todo está en equilibrio. Hay que respirar a pleno pulmón. Los árboles brotan de los pequeños huecos del roquedo. La vida se agarra al terreno con fuerza. Todo contribuye a este canto coral. Hasta las viejas fayas caídas bajo el peso de la nieve alimentan el suelo en su decadencia final.

Las setas merecen en especial nuestra atención. Poco a poco nos vamos contagiando todos. Miramos atentamente el terreno. Aquí una amanita muscaria, allá un corro de lactarius, un poco más allá el carnoso boletus, los pleurotus eryngii, agrocybe aegerita, lentinula edode, pleurotus ostreatus,... y un montón de latinajos más que todos acabamos chapurreando. En Asturias se conocen más de 400 variedades de macromicetos. En el bosque observamos unos ejemplares muy variados. Este monte es muy generoso para el que sabe mirar de una determinada manera, mirar donde otros no miran, apreciar sus tesoros tan olorosos. Ha llovido a tiempo. Los troncos de los árboles caídos son un abono excelente y una reserva permanente de humedad para que crezcan estos rizomas.

El camino se ha ido convirtiendo en senda, la senda ha llegado a ser pista. Bajamos alegres por la cañada. Los sentidos llenos de esta explosión de luz. Los rayos del sol tamizados por las hojas tostadas en su otoñal ciclo. Aparece el inevitable hormigón. La revuelta en la que nos encontramos ahora nos permite ver caprichosas agujas desafiantes al cielo. Toda la bajada del puerto está serpenteando por debajo de nosotros. Los matices del color son muy delicados. Al fondo se adivina la braña de las Navariegas enmarcada en el bosque de La Puerca. Por delante de nosotros la Villa de Sub colgada en la ladera bajo el farallón de caliza blanca. Bajamos despacio. Sólo nos queda entrar por el antiguo camino de Páramo donde nos espera el autocar que vemos desde La Collada setecientos metros más arriba. Llegamos a Páramo después de cuatro horas y media de gozoso camino. Hoy hemos disfrutado de manera total. Para redondear el día bajamos a las Jornadas Gastronómicas de Teverga en Casa Aladino, que nos ofrece picadillo de dos clases, pote de berzas y callos. Luego para aligerar la digestión arroz con leche, borrachinos y la tarta en honor de nuestro querido Senén, otro roble del grupo Las Xanas. Desde estas líneas queremos agradecer a los dueños del restaurante la amabilidad con la que nos tratan y decir que la tarta fue obsequio de la casa.

Nos cuentan que hace tres días termino la filmación de la película “¿Para qué vale un oso?”, en la que intervienen unos cuantos extras de la zona. Lo mejor de todo es que esta película divulgará por el mundo la magnificencia de los paisajes teverganos, el paraíso de los últimos osos y urogallos... Ojalá todo valga para la mejor promoción de estos valles tapizados por la faya y el roble.

Nos queda un magnífico recuerdo del día. Sólo hay que avisar aquí que el día 13 queremos ir al Pico Gua y al coto de la Buena Madre. Pasaremos antes por la Braña Mumián lugar de esbeltos teitos. La subida al pico es sencilla y allí vamos a encontrar otro mirador de primer orden, ¡Y ya van unos cuantos! Recordaros que para esta ruta hay que llamar al teléfono de Jorge 680 35 84 04.

FRESINES

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