1 de marzo de 2014
Que somos fundamentalmente agua
es bien sabido. Y que en agua nos convertimos también. Así que del agua venimos
y al agua vamos. El agua que nos espera abundante en el cielo, en los regatos,
en los caminos. Nos bajamos en la curva posterior a Veiga de Horro, llueve.
Sólo nos llueve una vez: empezó a las tres de la mañana y no lo dejará hasta
las doce de la noche. Agradable día para un paseo.
Pero la afición tira. Y el camino
está ahí. Subimos por la hormigonada pista. Es una subida tendida pero
continua. El camino se ha convertido en río. Las laderas que estamos viendo
tienen profundas cataratas que desaguan impetuosas en el arroyo Rogueiro. Son
hilos brillantes que se suceden unos a otros. Subimos por la Sierra de Oballo
que separa el río Monasterio del valle del río Coto. Por lo demás es un suelo
muy pobre: el trabajo antiguo de la minería, la tala indiscriminada y los
incendios han favorecido la continua erosión dejando las vetas de roca al
desnudo. Encontramos una primera braña, La Pasada. Techos de pizarra y alguna uralita
desentonando. Se aprecian desconchados de antiquísimas explotaciones auríferas.
Siguiendo hacia arriba en media hora llegamos a la braña Folgueirosa, en un
entorno idílico. El temporal arrecia, pero aguantamos a pie firme. Esperamos a
un rezagado que no acaba nunca de llegar. Angel le espera, esto se está
convirtiendo en práctica habitual y es un problema para el grupo.
Subimos un poco más para entrar
en calor. A la Collada Veigas. Hay trazas de un antiguo pozo usado por los
romanos en su labor extractiva. La cima está oculta por las nubes grises.
Hacemos una amplia lazada para ir cogiendo altura. Perdemos la pista por seguir
el track, algunos preferimos seguir la pista que bordea la cumbre. La mayoría
sigue por lo alto del cordal. Confluimos al otro lado, en el valle de la
Cimera. Todavía hay charcos de nieve.
Se ve la siguiente majada, a la
que pronto vamos a llegar. El paseo por la ladera es casi agradable. Se tendría
que ver un paisaje envidiable. En la Braña de La Viña estamos un rato. Los
pequeños hórreos son magníficos, todo un ejemplo de adaptación al entorno.
Todavía tenemos que bajar hasta la carretera. Preferimos rodear por la pista,
subiendo un poco, para no tener que atravesar el reguero del Yacéu que baja
bravísimo. Rodeamos, pues, toda la amplia ladera, por buena pista, en la que
corre abundante el agua. Vamos bajando en lazadas sucesivas hasta llegar a la
altura del arroyo. Está desbordado a tramos. El agua bulle agitada cayendo
incesante, muy salvaje.
El último tramo del camino está
empedrado y bastante resbaloso. Tras pasar por La Viña, salimos a la carretera.
Nos quedan un par de kilómetros. En la pequeña aldea que marca el inicio Los
hórreos crecen en cualquier pequeño espacio, incluso hay uno encima de un
tapial, apuntalado por los lados para que no deslice. La carretera siempre es
una lata. Junto a la ermita de la Virgen de Los Remedios, está un cementerio,
muy elegante, muy tranquilo, mirando el salvaje espectáculo del río Coto, a punto
de desbordarse en varios puntos. Llegamos a la Vega de Horro. El Alberge es un
buen edifico, rehabilitado en lo que fueron las escuelas. Su zaguán nos sirve
para cambiarnos al resguardo de la intensísima tormenta.
Ha sido un día difícil, pero
superado con buen humor y con “aguantoformo”, dos buenas recetas para las
crisis. Comemos en Penlés donde nos atienden muy bien.
El día 8 próximo vamos al Aller a
subir el Pico Solengues y el Pico El Naval, para bajar luego a Pelúgano. Parece
que el mal tiempo remite durante unos cuantos días. Aprovechémoslo.
FRESINES
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