Al fin cumplimos el viejo sueño de algunos componentes del grupo, poco cuerdos, al decir de la mayoría. Lo cumplimos y con nota muy alta y unas enormes ganas de volver a repetir. No fueron muchos los que se atrevieron a intentar la locura de caminar por la Ruta del Cares en plena noche y en encarnizada lucha contra Morfeo. Solo un pequeño grupo de intrépidos y no los más asiduos, probaron lo que es pasarse una noche en blanco, mejor dicho, en negro, para imaginar, más que ver, el oscuro paisaje del Cares.
La verdad es que los que no hicieron la ruta, no se podrán ni imaginar lo que se pedieron. Por mucho que trate de explicar las sensaciones vividas, siempre me faltará algo para haceros comprender lo que cada uno de los participantes percibimos esa noche. No son sentimientos comunes. Cada cual vivió esos momentos de forma diferente. Las sensaciones a cada curva del camino eran distintas para unos y para otros. Os puedo asegurar que el ir abriendo paso en esa noche mágica, tenía un no sé que de morbosidad y desasosiego que te resecaba la garganta y cortaba la respiración. Al salir de un túnel no sabías si el camino giraba a uno u otro lado o bien descendía a la negrura del abismo. Luego la duda se despejaba y continuabas seguro hasta la siguiente curva. ¿Qué me encontraré detrás? Las sensaciones se agolpan y el más mínimo ruido te hace buscar el porque.
Ya sé que no lo entendéis, pero no sé explicarlo de otro modo. Por eso pasaré de haceros comprender los sentimientos y me dedicará a narraros la aventura.
Después de un importante retraso motivado por el cambio de autocar, salimos a de Oviedo a las 8,45 de la tarde con rumbo a Posada de Baldeón, sin paradas. Bueno, con una para repostar gasoil, en Arriondas. A las 12 de la noche entrábamos en Posada. Cenamos escuchando los comentarios que nos hacían los lugareños: “Estos asturianos están locos. ¡A quien se le ocurre hacer el Cares de noche! Mañana el helicóptero tendrá que ir a buscarlos”.
Sin hacerles demasiado caso, a las 12,30 nos poníamos en camino por la carretera que une Posada con Cordiñanes, por donde pasamos a la 1,05 sin ver ni a un alma y en completa calma. Solo nuestras voces y comentarios rompían el silencio. En el Mirador del Tombo hicimos una corta parada para hacernos una foto de grupo al pie del Rebeco. Utilizando el mapa allí grabado, intentamos imaginarnos la situación de la Torre de la Palanca y del Llambrión. Luego continuamos ruta por la destartalada carretera que se encuentra en plenas obras de ensanche.
Junto al Chorco de los Lobos de Corona circulábamos a la 1,35. Allí Manolo nos explicó el funcionamiento de la singular trampa utilizada para la caza del lobo. Una hora más tarde efectuábamos la entrada en Caín. Solo nuestras voces en sordina y el ruido de nuestros pasos rompían el silencio que reinaba en el pueblo. Las amarillas luces que lo iluminan, le daban aire de irreal. En el portal de la iglesia dormitaban algunos y otros lo hacían al final del pueblo bajo el manto de estrellas que poblaban el cielo.
Después de una media hora de descanso reemprendimos la marcha cruzando el puente los Pinderos sobre el Cares, para pasar a la orilla derecha por donde circula el apretado sendero hasta llegar a la presa, donde el ruido del agua al precipitarse, se hace ensordecedor. No sé si fue esto o bien la impresión de metérnos en los túneles de inicio del sendero, el caso es que enmudecimos todos y solo nuestros pasos, apagados por el fuerte rumor del agua, denotaban que estábamos allí.
Al salir de los túneles donde las luces de las linternas se concentraban y formaban un ambiente más iluminado, la oscuridad se apoderó de nosotros y solo el pequeño círculo luminoso a nuestros pies destacaba de la inmensa negritud. Poco a poco comenzamos a acostumbrarnos a la oscuridad y el espacio se hacía más amigable. Las siluetas de las altas paredes que conforman la estrechura de la canal se recortaban sobre el estrellado cielo y las formas ante nuestros pasos dejaban de sernos extrañas. Pero de todos modos, algo percibíamos en nuestras almas. Algo que nos hizo ser mudos caminantes un buen trayecto. Nadie se atrevía a hablar y solo algunos susurros servían de aviso de alguna dificultad en el camino. Abajo, cruzando el río, el puente de Casielles se dirige a la Canal de Dobresengos.
Cuando antes decía que sería difícil haceros comprender a los que no estabais allí, nuestros sentimientos de esa noche, supongo que quería referirme especialmente a estos momentos del inicio de la garganta, donde lo que nos rodea ya no era tan familiar. No hay casas, solo piedras y formas extrañas en la oscuridad. Caminábamos rumbo a lo desconocido a pesar de conocer bien toda la senda. Pero era otro mundo. El mundo de las tinieblas que no nos es familiar. Quizá por esa falta de familiaridad es por lo que esta experiencia nos es propicia. Cualquier día, cualquier ruta, se nos puede complicar y alargarse en el tiempo hasta tener que terminarla de noche. Y esta experiencia de hoy, nos puede servir en ese futuro.
A las 3,20 en completo silencio y en fila india, cruzábamos el Puente de los Rebecos. Una hilera de pequeñas luces tintineantes era lo que se veía al echar la vista atrás. Diez minutos más tarde retornábamos a la orilla izquierda por el Puente Bolín, para no abandonarla ya hasta el final del viaje.
Tras un recodo del camino alcanzamos la Casa de Trea y la senda que por esa canal se dirige a la Vega de Ario. Todos lugares conocidos pero que vemos con ojos nuevos. Una pequeña parada para reagruparnos y al mismo tiempo dar rienda suelta a las palabras que se encontraban mudas en el interior de nuestras almas. Comenzábamos ya a encontrarnos en un ambiente menos hostil. La oscuridad no se nos hacía tan extraña y pasaba a ser amiga.
Junto a la cabaña de la Sota hicimos otra corta parada. Eran las 3,45 y teníamos mucho tiempo sabiendo que hasta cerca de las doce de la mañana no podríamos salir de Poncebos, debido a las horas de descanso reglamentario del conductor. Así que cualquier punto conocido del camino, era motivo suficiente para un pequeño descanso. De todos modos dejábamos para Culiembro la parada de mayor tiempo.
Y a Culiembro llegábamos a alas 4,05, después de pasar por las Rozas. En las piedras que invaden el camino junto al muro de la canal, montamos nuestro campamento y Manolo descorchó una botella de buen vino. Apagamos los frontales y con la única luz de las estrellas, contemplamos las alturas que nos rodeaban. Mentalmente dibujábamos la Canal de Piedra Bellida y las praderas de Pando Culiembro que sabíamos que estaban frente a nosotros. A nuestras espaldas las silueta inconfundible de la Peña de Ostón parece observarnos. De vez en cuando una estrella fugaz cruza el trozo de cielo que vemos. No sé si por el vino o por haber perdido ya la extraña sensación que atenazaba nuestras lenguas, las conversaciones se multiplican y supongo que los moradores de estos lugares se sentirían extrañados de las voces que rompían el silencio de la noche. Quizá alguno debería después de esto, acudir a un hipotético loquero de animales para tratarse el trauma de creer que era de día y encontrarse a oscuras.
Cuarenta y cinco minutos duró nuestra acampada en Culiembro. Volvíamos nuevamente al silencio y a la oscuridad. La hilera de luces que formábamos daba un ambiente irreal al lugar. Viejas historias de brujas y aquelarres; la santa Compaña... Cualquier cosa menos la Ruta del Cares. Supongo que si alguien no avisado nos viese en ese momento pensaría que padecía de alucinaciones.
Por la Viña transitábamos a las 5,20 y al inicio de la subida a los Collaos llegábamos a las 5,55. Cinco minutos de parada para hacernos a la idea de que teníamos que subir y para arriba. Solo fueron otros cinco minutos más los que tardamos en alcanzar los Collaos. El cielo comenzaba a ser menos negro. Los primeros atisbos del amanecer se hacían patentes. Comenzamos el largo descenso hacia Poncebos por el empedrado sendero. Las siluetas se nos eran conocidas. Al fondo las primeras luces no pertenecientes a nuestras linternas. Era Poncebos. Final de trayecto. Hora, siete de la madrugada.
Poco a poco el cielo se transfiguraba y lo que antes era negro se tornó en azul. Azul cielo. Las estrellas desaparecieron y los primeros rayos de sol entraban por las canales. En lo alto de la Canal del Tejo, el techo del Picu, viejo amigo, nos saludaba. Poncebos vacío de gente aunque con unos cuantos coches. Los bancos y las mesas del bar eran buenos lugares para pigazar un poco. Una mujer salió del hotel extrañada de que ya hubiésemos llegado. Nos estaban esperando, pero para las ocho de la mañana. Para entonces tenían previsto abrirnos l bar y darnos el desayuno. Así fue. A las ocho de la mañana nos entraron por la puerta del hotel y nos dieron de desayunar. Caliente café con leche, pan tostado, mantequilla y mermelada, que nos supieron a gloria. Un muy buen comportamiento por su parte.
También nos dijeron que el conductor había llegado a las 2 de la mañana al lugar, con lo que la partida no podía ser antes de las 11 u 11,30. Así que se imponía buscar que hacer en ese tiempo de espera. Algunos optaron por seguir carretera abajo hasta Arenas. Otros prefirieron quedarse en Poncebos y otro pequeño grupo nos decidimos a subir a Camarmeña.
Desde el Mirador del Urriellu contemplamos la iluminada figura del Picu al final de la Canal del Tejo. Una buena cantidad de fotos, casi todas ya repetidas múltiples veces. Luego nos dirigimos al bar del pueblo para tomarnos una birras, antes de volver a Poncebos, casi justo para emprender el regreso a casa, donde llegamos hacia las dos de la tarde, después de una parada en Nava para tomar el vermú.
El próximo sábado día 22 la ruta, ya diurna, la realizaremos por tierras entre Asturias y León, por las Ubiñas. Pretendemos hacer la Pasada de la Puerta de Arco, junto a los Castillines primero y segundo, para descender luego a tierras satures y por la ancestral Senda de las Merinas, ir a comer a la Casa Mieres. La ruta que queremos realizar tiene un final distinto al que está programado en el calendario oficial y es:
Torrebarrio (1.243 m) – Llandanay (1.450 m) – La Cueña (1.650 m) – Llanos del Fontán (1.700 m) – Canal de la Puerta de Arco (1.950 m) - Pasada de la Puerta de Arco (2.157 m) – Primer Castillín (2.252 m) – Segundo Castillín (2.299 m) – Pasada de la Puerta de Arco (2.157 m) – Joyos de la Cabra (2.050 m) – Senda de las Merinas – Alto de Terreros (1.892 m) – Fuente la Panalona (1.820 m) – Puertos de Riotuerto – El Estrecho (1.780 m) – Los Ollones (1.678 m) – Vega Candioches (1.698 m) – La Casa Mieres (1.600 m)
Espero las llamadas de los que tuvieron miedo a la ruta nocturna. Esta ya es por le día y no veréis fantasmas ni brujas. Así que daros prisa en solicitar vuestra reserva o podéis quedaros sin plazas para esta bonita ruta por el Macizo de Ubiña.
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